













Hay sabores que llegan a la mesa antes que el plato. Aparecen en un aroma, en una forma de preparar una salsa, en la manera de amasar una pasta o en ese detalle que nadie sabe explicar demasiado bien porque se aprendió mirando. Son los sabores que tienen detrás una historia familiar y que, con el tiempo, terminan convirtiéndose también en una forma de recordar.
En Casa Envero esa historia tiene nombre propio: Alicia. Es la abuela de Pamela y también una de las personas que está detrás de la manera en que se cocina en este bodegón de Villa General Belgrano. Pamela cuenta que ni ella ni Marcos, su socio, son cocineros formados en una escuela gastronómica. Lo que hacen es cocinar como aprendieron en familia, siguiendo aquello que ella define como cocinar “a la vieja escuela”.

La Mora Blanca está pensada también como una especie de base para recorrer las sierras. Desde allí, según cuentan Víctor y Nancy, muchos visitantes llegan atraídos por el río, por La Quintana o por Los Molinos y terminan decidiendo quedarse. La posibilidad de comer, dormir y volver a salir a recorrer hace que el viaje pueda resolverse sin necesidad de estar cambiando de alojamiento permanentemente.

Los que pasan, frenan. Algunos llegan por el aroma; otros, porque ya saben dónde están. Piden media docena, una docena, quizás una para comer ahí mismo al paso, otros se quedan con las ganas prometiendo frenar algún día. Después viene el primer bocado: la masa, el relleno religioso y ese jugo que amenaza con escaparse por los dedos.
Quizás ahí esté la verdadera historia de este chiringuito. En que Stella no necesitó amar la cocina para convertirse en guardiana de una receta. Le alcanzó con recibir un conocimiento, encontrarle un destino y compartirlo. Porque a veces un legado no se elige. Se amasa, se rellena, se cierra con repulgue y se pone a la venta en una esquina. Y en esa esquina, cada fin de semana, vuelve a empezar la histor

En San Juan 876, Río Segundo, una pizza puede ser apenas el principio. Pizza Siete propone una carta que se mueve con naturalidad entre la pizzería y el bodegón, con platos abundantes, preparaciones caseras y una protagonista que aparece más de una vez: la masa madre. El lugar tiene ese movimiento propio de los espacios que se construyeron alrededor de la comida: mesas que se ocupan, platos que salen de la cocina y una atención cercana que tiene una explicación sencilla: quienes reciben a los comensales son también los dueños de la casa. Y esa presencia se nota. Hay algo de proyecto personal, de negocio familiar, en la manera en que funciona el salón.

La historia viene de mucho antes. El casco original de la estancia data de 1890 y forma parte de una propiedad que llegó a extenderse por más de 1.100 hectáreas. El lugar atravesó distintas etapas y fue también protagonista de la historia de Villa Giardino: en 1937, los hermanos Juan y Ugolino Giardino adquirieron la estancia y, dos años después, realizaron allí el remate de lotes que se considera la fundación oficial del pueblo. Más de un siglo después, algunas cosas cambiaron. Otras, curiosamente, permanecen.

Es justamente esa amplitud la que hace que Crabs no se sienta como un restaurante al que uno va únicamente cuando tiene ganas de comer mariscos. La carta permite entrar por distintos lugares y, sobre todo, volver. Entre los platos que probé, la lasaña de mariscos me gustó especialmente aunque la cambiaría el nombre porque la verdadera y única lasaña es de jamón y queso. Hay algo interesante en esa versión: tomar un plato reconocible y llevarlo hacia el universo de Crabs sin que pierda esa condición de comida que invita a quedarse un rato más en la mesa.