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Recomendados de Placeres Encubiertos

Otras notas

ACHALAY!

En el mismo barrio donde Lo de Villalpando se erigió como un comité norteño, una casona  vuelve a latir para que las zambas no se apaguen. Se llama Achalay!, y propone algo que va más allá de salir a comer: una experiencia norteña donde la música, la comida y la tradición se cruzan sin pedir permiso. Lo primero que sorprende al llegar es justamente eso: la casa. Una construcción con historia, recuperada para transformarse en peña. En la entrada, como declaración de principios, hay un bombo y una guitarra disponibles. Acá no hay escenario lejano: si alguien quiere tocar, puede hacerlo. Y eso ya marca el tono.

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EL ALABADO

En Almafuerte, hay lugares donde la experiencia gastronómica va más allá del plato. El Alabado – Cocina con Fuegos es uno de ellos: un espacio donde el fuego, el paisaje y la materia prima dialogan con naturalidad, creando una propuesta que invita a quedarse. Ubicado frente al Lago Piedras Moras, el restaurante combina una vista privilegiada con una carta que honra la tradición parrillera argentina, pero con guiños creativos que la sacan de lo esperado.

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LA ESTANCITA

En el serpenteante Camino El Cuadrado, ahí donde la ruta se vuelve paisaje y el tiempo parece aflojar el paso, hay un lugar que invita a quedarse más de lo previsto. La Estancita no es solo un parador: es una excusa perfecta para detenerse, respirar hondo y entregarse a uno de esos placeres simples que lo dicen todo.
Rodeado por ocho hectáreas de naturaleza viva, este refugio gastronómico nació casi como un gesto íntimo. Dos amigos —Leonardo Atea y Fabián Falco— decidieron transformar años de confianza en un proyecto compartido. No hubo grandes certezas al principio, solo una idea: crear un espacio donde comer rico, en buena compañía, y dejar que el entorno haga su parte.

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LO DE CLYDE

En el corazón sereno de La Serranita, lejos del apuro y más cerca del ritmo del monte, Lo de Clyde funciona como esos espacios que no necesitan definirse demasiado: restaurante, bodegón, refugio, shows en vivo y arte, mucho arte. Todo junto, todo a la vez. Acá no se viene solo a comer. Se viene a quedarse. Es una puerta siempre abierta porque desde temprano hasta la noche, el lugar cambia de clima sin perder su esencia. Mesas de madera, aire serrano, una estética rústica sin maquillaje y esa sensación constante de cercanía que no se puede fabricar. Nada parece pensado para la foto. Y sin embargo, todo tiene identidad.

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LA PASTORA

Como sabemos La Calera viene haciendo mucha fuerza para convertirse en polo gastronómico. En la ruta, en el borde de un río, en ese momento exacto en que el hambre deja de ser necesidad y empieza a ser excusa. Ahí, casi como un gesto inevitable del paisaje, aparece La Pastora. No es un restaurante que quiera impresionar. No hay diseño de autor ni pretensión gourmet. Lo que hay —y eso se percibe apenas uno cruza la puerta— es otra cosa: la promesa de una comida que intenta parecerse a la de casa.

Ubicado en el ingreso a La Calera, al costado de la Ruta E55 y junto al puente sobre el río, La Pastora tiene esa lógica de parada serrana: mesas amplias, cierta rusticidad, y una terraza que mira al agua. Durante años, fue uno de esos puntos de encuentro donde la comida es casi una excusa. Un lugar de domingos, de familias largas, de sobremesas sin reloj.

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LA LITA

Nos encantan los restaurantes por peso donde vos te elegís y te armás el morfi como se te canta, punto para arriba a los restaurantes donde uno va a buscar un plato. Es que la experiencia empieza mucho antes de sentarse a la mesa. En La Lita, en Córdoba, todo comienza frente a una larga barra llena de colores, aromas y preparaciones que invitan a hacer algo que en la gastronomía siempre tiene algo de juego: elegir.

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