













La pasta tiene algo de eso. Es una comida que invita a quedarse, a compartir y, casi siempre, a servirse un poquito más. También tiene una relación especial con la memoria: detrás de muchas recetas aparecen una madre, una abuela, una sobremesa de domingo o esos sabores que uno reconoce sin necesidad de preguntar qué tienen.
Con esa idea parece dialogar Cava di Pasta, un proyecto que nació de un sueño y que abrió sus puertas en la zona sur de Córdoba con una declaración de intenciones bastante clara: construir un lugar donde quienes lleguen puedan sentirse como en casa. Desde su presentación, sus impulsores hablaron de mesas largas, conversaciones sin apuro y recetas que pasan de generación en generación. Una filosofía sencilla, pero que encuentra en la pasta un vehículo ideal para ponerse en práctica.

En Villa El Diquecito, en el paisaje serrano de La Calera, esa historia tiene nombre propio: Vientos del Alma. Un espacio familiar que reúne restaurante, casa de té, naturaleza y propuestas culturales, con una cocina que encuentra buena parte de su identidad en los platos caseros, los productos de estación y el gusto por recibir.
El emprendimiento nació de una sucesión de encuentros. Antes de convertirse en restaurante, el lugar funcionaba como un quincho donde se organizaban celebraciones patrias, cumpleaños, casamientos y peñas entre amigos. La gastronomía fue creciendo a partir de esas reuniones, impulsada por el entusiasmo de sus dueños, Diego Assumpcao y Lali Borgogno.

Por empezar, sólo para mi opinión nunca humilde, la verdadera pizza es al molde y eso para mí fue siempre un gran mérito de los argentinos -o de descendientes de italianos- que reversionaron la versión original, tanto que es otra cosa y debería llamarse distinto. La típica al estilo napolitano que hoy está de moda y cuyo piso se dobla -y contiene menos queso que en el fin de mes de mi heladera- es la pizza original. Perfecto, estamos de acuerdo. La que se inventó en Nápoles, cuna del Diego. También los tanos inventaron la Margherita que tiene incluso menos queso, algo así como 125 gramos que es lo que generalmente le pone de cubierta la mayoría de las pizzerias cordobesas, incluso la más famosa. Es decir nada.

Hay sabores que llegan a la mesa antes que el plato. Aparecen en un aroma, en una forma de preparar una salsa, en la manera de amasar una pasta o en ese detalle que nadie sabe explicar demasiado bien porque se aprendió mirando. Son los sabores que tienen detrás una historia familiar y que, con el tiempo, terminan convirtiéndose también en una forma de recordar.
En Casa Envero esa historia tiene nombre propio: Alicia. Es la abuela de Pamela y también una de las personas que está detrás de la manera en que se cocina en este bodegón de Villa General Belgrano. Pamela cuenta que ni ella ni Marcos, su socio, son cocineros formados en una escuela gastronómica. Lo que hacen es cocinar como aprendieron en familia, siguiendo aquello que ella define como cocinar “a la vieja escuela”.

La Mora Blanca está pensada también como una especie de base para recorrer las sierras. Desde allí, según cuentan Víctor y Nancy, muchos visitantes llegan atraídos por el río, por La Quintana o por Los Molinos y terminan decidiendo quedarse. La posibilidad de comer, dormir y volver a salir a recorrer hace que el viaje pueda resolverse sin necesidad de estar cambiando de alojamiento permanentemente.

Los que pasan, frenan. Algunos llegan por el aroma; otros, porque ya saben dónde están. Piden media docena, una docena, quizás una para comer ahí mismo al paso, otros se quedan con las ganas prometiendo frenar algún día. Después viene el primer bocado: la masa, el relleno religioso y ese jugo que amenaza con escaparse por los dedos.
Quizás ahí esté la verdadera historia de este chiringuito. En que Stella no necesitó amar la cocina para convertirse en guardiana de una receta. Le alcanzó con recibir un conocimiento, encontrarle un destino y compartirlo. Porque a veces un legado no se elige. Se amasa, se rellena, se cierra con repulgue y se pone a la venta en una esquina. Y en esa esquina, cada fin de semana, vuelve a empezar la histor