













En San Juan 876, Río Segundo, una pizza puede ser apenas el principio. Pizza Siete propone una carta que se mueve con naturalidad entre la pizzería y el bodegón, con platos abundantes, preparaciones caseras y una protagonista que aparece más de una vez: la masa madre. El lugar tiene ese movimiento propio de los espacios que se construyeron alrededor de la comida: mesas que se ocupan, platos que salen de la cocina y una atención cercana que tiene una explicación sencilla: quienes reciben a los comensales son también los dueños de la casa. Y esa presencia se nota. Hay algo de proyecto personal, de negocio familiar, en la manera en que funciona el salón.

La historia viene de mucho antes. El casco original de la estancia data de 1890 y forma parte de una propiedad que llegó a extenderse por más de 1.100 hectáreas. El lugar atravesó distintas etapas y fue también protagonista de la historia de Villa Giardino: en 1937, los hermanos Juan y Ugolino Giardino adquirieron la estancia y, dos años después, realizaron allí el remate de lotes que se considera la fundación oficial del pueblo. Más de un siglo después, algunas cosas cambiaron. Otras, curiosamente, permanecen.

Es justamente esa amplitud la que hace que Crabs no se sienta como un restaurante al que uno va únicamente cuando tiene ganas de comer mariscos. La carta permite entrar por distintos lugares y, sobre todo, volver. Entre los platos que probé, la lasaña de mariscos me gustó especialmente aunque la cambiaría el nombre porque la verdadera y única lasaña es de jamón y queso. Hay algo interesante en esa versión: tomar un plato reconocible y llevarlo hacia el universo de Crabs sin que pierda esa condición de comida que invita a quedarse un rato más en la mesa.

Después de recorrer las opiniones, mirar la carta y detenerse en esos pequeños detalles que los clientes deciden recordar, aparece una conclusión bastante sencilla: Linaje encontró una identidad propia sin dejar de parecer un lugar al que uno podría volver cualquier domingo. El fuego está, la carne está y las porciones también. Pero la experiencia se completa con esa sensación de mesa compartida, de sobremesa que puede extenderse un rato, de pedir una cosa más porque todavía queda conversación. Está la atención que hace que algunos clientes se acuerden de nombres y una carta suficientemente amplia como para que volver no signifique necesariamente repetir la misma cena. Y está Barrio Jardín, como escenario natural de todo eso.

La carta deja en claro esa filosofía desde el primer vistazo. No busca sorprender con nombres extravagantes ni con versiones rebuscadas de recetas clásicas. En cambio, apuesta por una cocina de fuego y de hogar. La parrilla ocupa un lugar importante, con opciones que van desde un generoso bife de chorizo hasta una parrillada individual, además de pollo, supremas y milanesas, siempre acompañadas por papas. Son platos que cualquiera reconoce, pero que encuentran su valor cuando están bien ejecutados.

En Cabalango, a pocos minutos de Villa Carlos Paz, hay un restaurante que parece haber entendido esa lógica. Está apartado del movimiento, rodeado por el paisaje sereno de las sierras, y quien llega hasta allí lo hace casi siempre porque decidió desviarse del camino. El lugar se llama El Rincón de José Luis y detrás de su propuesta hay una historia que comenzó mucho más lejos de Córdoba.
José Luis Delgado vivió durante veintiséis años en España. Allí no sólo conoció otra cultura; también incorporó una manera distinta de entender la gastronomía. Cuando regresó al país y decidió transformar el complejo familiar en un restaurante, no quiso abrir una parrilla más ni repetir una carta que pudiera encontrarse en cualquier rincón de Punilla. Apostó por traer consigo aquello que no ocupaba lugar en las valijas: las recetas, los sabores y la costumbre española de convertir cada comida en una celebración.