LA TASCA

Dirección: Av. Costanera Raúl Alfonsín, Los Reartes, Córdoba/Teléfono: 03546 43-6602

En Los Reartes existe un lugar donde una bondiola braseada puede convivir con un vinilo de Miles Davis, una muestra de arte contemporáneo y una conversación sobre literatura. Un restaurante donde el menú cambia con las estaciones, las paredes funcionan como galería, los discos forman parte de la identidad del espacio y el río corre a pocos metros de las mesas.

La Tasca podría definirse como un restaurante, pero la palabra le queda chica. Desde hace casi una década, Manuel Giannone construye allí una experiencia que combina gastronomía, música, arte y encuentro humano. Un proyecto que nació de una herencia emocional y terminó convirtiéndose en uno de los espacios culturales más singulares del Valle de Calamuchita.

Las reseñas de quienes llegan hasta este rincón de Los Reartes parecen coincidir en un punto: la sorpresa. Muchos destacan la calidad de la cocina, otros la calidez de la atención y no faltan quienes hablan del clima íntimo del lugar, donde cada objeto parece contar una historia. La Tasca tiene algo difícil de conseguir: una personalidad propia que se percibe apenas uno cruza la puerta. Pero la historia de La Tasca empezó mucho antes de que Manuel llegara.

A finales de los años noventa, una mujer llamada Cecilia Russo vivía en un pequeño rancho apartado junto a Dieter, un austríaco que trabajaba pintando casas. La leyenda local cuenta que un día estaba preparando un asado cuando aparecieron unos turistas preguntando dónde podían comer. Cecilia observó el fuego, observó a los visitantes y les vendió el almuerzo que había preparado para ella. Sin saberlo, acababa de fundar La Tasca.

Durante años el lugar funcionó casi como un secreto compartido entre iniciados. No había grandes carteles ni estrategias comerciales. Había que llegar, tocar la puerta y esperar que Cecilia recibiera a los visitantes como si estuvieran entrando al living de su propia casa. Y, en realidad, eso era exactamente lo que ocurría.

Aquella informalidad terminó convirtiéndose en parte de la magia del lugar. Los viajeros que la descubrían volvían una y otra vez, atraídos por una hospitalidad difícil de encontrar en tiempos de experiencias estandarizadas. En 2010, luego de regresar de Europa, Manuel se instaló con su familia en Villa General Belgrano, donde administraba distintos emprendimientos gastronómicos. Cada mediodía aprovechaba para recorrer los pocos kilómetros que separan a la Villa de Los Reartes y almorzar en la casa de Cecilia. Entre plato y plato, ella insistía con una idea: —Comprame esto. Vos entendés de qué se trata este lugar.

La lógica es simple: cocinar lo que el territorio ofrece en cada momento. Por eso el menú cambia constantemente.

Durante años Manuel creyó que no. Hasta que un día descubrió que sí. Primero alquiló el espacio. Después lo compró. Y sin darse cuenta comenzó también un cambio profundo en su manera de vivir. Mientras sus otros negocios exigían velocidad, producción y rutina, La Tasca le proponía otra cosa: tiempo. Tiempo para cocinar. Tiempo para caminar. Tiempo para pensar. Tiempo para volver a disfrutar de aquello que lo había acercado originalmente a la gastronomía.

Cuando Cecilia falleció, sus cenizas fueron esparcidas allí mismo. Y de alguna manera, su presencia sigue formando parte del lugar. Todavía aparecen visitantes preguntando por ella. Como si algunos espacios conservaran intacta la memoria de quienes los habitaron. Cuando Manuel asumió definitivamente la conducción de La Tasca, escribió una serie de principios que todavía funcionan como brújula. Uno de ellos nació de una frase que había leído y nunca olvidó: “El paisaje tiene que ser tu alacena”. La idea terminó transformándose en filosofía de trabajo.

En tiempos donde muchos restaurantes buscan parecerse entre sí, La Tasca eligió el camino contrario. Cultivar una identidad

Los quesos llegan de productores de Villa General Belgrano. Las gírgolas provienen de Los Reartes. Los hongos de pino son recolectados en el bosque cercano. Gran parte de las verduras son agroecológicas y una parte importante nace directamente de la huerta. La lógica es simple: cocinar lo que el territorio ofrece en cada momento. Por eso el menú cambia constantemente. Las sugerencias se modifican según la temporada, los productos disponibles y los ritmos naturales de cada estación.

Así se sirve el locro, dentro de una masa para que explote como un volcán

Esa filosofía basada en los productos de cercanía encuentra su mejor expresión en la carta. Lejos de los menús interminables, La Tasca trabaja con propuestas que cambian según la temporada y la disponibilidad de ingredientes, manteniendo siempre una cocina honesta, abundante y profundamente ligada al territorio.

Durante los meses más fríos como ahora, el locro a la masa se convierte en uno de los platos más buscados. Un gran acierto de traer el locro de esta manera en una provincia tan locrera faltaba la creatividad para presentarlo de esta manera. También aparecen clásicos como el goulash con spätzle, los ñoquis multicolor elaborados artesanalmente, los sorrentinos caseros y el vacío al malbec acompañado por papas aplastadas.

Entre las opciones que reflejan la diversidad de influencias de la cocina de Manuel se destacan la melanzane a la parmigiana, el pollo tandoori, la carne braseada y el tabule inca. Cada plato parece dialogar con una historia, una estación o un producto encontrado en el entorno cercano. Mención aparte merecen las bocatas, generosamente rellenas y convertidas en una de las especialidades de la casa. Son de esos platos que llegan a la mesa y obligan a mirar dos veces por su tamaño y abundancia.

No es raro que una conversación sobre comida termine derivando en literatura, música o arte contemporáneo. Ni que alguien encuentre el libro que llevaba años buscando.

Los postres mantienen la misma lógica de sencillez y sabor. La pannacotta y el lemon pie suelen encabezar las preferencias de quienes deciden estirar la sobremesa un rato más, acompañados por una charla, un libro encontrado por casualidad o la música que suena desde algún rincón del salón. Sin embargo, hablar únicamente de gastronomía sería injusto. Porque La Tasca es también una galería de arte. Y una pequeña librería. Y una disquería. Y un espacio para conciertos, presentaciones de libros y encuentros culturales.

Las paredes exhiben obras de artistas como Dante Montich, Fabio Egea, Mario Simpson, Raúl Teppa, Cristina Santander y Crist. Recientemente, además, se inauguró formalmente la galería con una muestra de mosaico contemporáneo a cargo de Guillermina Gómez y el maestro italiano Giulio Menossi. Más de mil vinilos y CDs integran una colección personal que forma parte inseparable de la experiencia.

No es raro que una conversación sobre comida termine derivando en literatura, música o arte contemporáneo. Ni que alguien encuentre el libro que llevaba años buscando. O una canción que escuchaba en la infancia. Un lugar difícil de olvidar. Quizás por eso La Tasca genera algo poco frecuente: permanece en la memoria. No sólo por lo que se come. Tampoco únicamente por el paisaje. Ni siquiera por el río que corre a pocos metros. Lo que permanece es la sensación de haber estado en un lugar auténtico. Un espacio que no fue diseñado por una estrategia de marketing sino construido, lentamente, a partir de una forma de entender la vida.

En tiempos donde muchos restaurantes buscan parecerse entre sí, La Tasca eligió el camino contrario. Cultivar una identidad. Y defenderla. Tal vez ahí resida el secreto de este rincón de Los Reartes donde la cocina, los libros, los discos y el arte conviven bajo un mismo techo. De La Tasca uno no se lleva solamente el recuerdo de una comida. Se lleva una historia. Y algunas historias, como los buenos sabores, permanecen mucho tiempo después del último bocado.

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