PlaceresEncubiertos

LA URRACA

Dirección: Sarmiento 17, X5178 La Cumbre/Teléfono: 03548 15-46-6330

Hay restaurantes que nacen a partir de un plan de negocios y otros que parecen surgir por pura necesidad de quedarse. La Urraca pertenece a esta segunda categoría. Si Mary Duggan y Carlos “Donca” Santillán hubieran tomado otra decisión hace más de tres décadas, probablemente hoy estarían viviendo en Buenos Aires y este rincón gastronómico de La Cumbre no existiría. La historia comenzó en un momento de incertidumbre. Ambos habían llegado a las sierras cordobesas para sumarse a un proyecto laboral que no terminó funcionando como esperaban. Entonces apareció una pregunta inevitable: volver o reinventarse. Eligieron lo segundo.

En una antigua mayólica colocada sobre una pared todavía puede leerse una frase que parece resumir el espíritu del lugar: “Se inaugura para siempre el café La Urraca”. Nadie sabe exactamente cuándo fue colocada allí, pero cuando Mary y Donca alquilaron el local decidieron respetarla. El nombre permaneció y con él también parte de la memoria del viejo café que había funcionado en ese mismo espacio durante los años ochenta, junto a la tradicional tienda La Urraca.

Los comienzos fueron austeros. Tanto que buena parte del restaurante se armó con los muebles de la propia casa familiar. Las mesas, lámparas, cuadros y objetos decorativos cruzaron de una vivienda a otra porque no había dinero para grandes inversiones. La única compra importante fue una cocina industrial. Décadas después, esa necesidad terminó convirtiéndose en una de las principales virtudes del lugar.

Quien cruza la puerta de La Urraca tiene la sensación de entrar al comedor de una casa serrana más que a un restaurante tradicional. Hay bibliotecas, objetos acumulados con el paso del tiempo, sillones cómodos para esperar una mesa y una atmósfera cálida que invita a bajar el ritmo. Todo parece haber encontrado su lugar de manera natural. A pocos metros aparece otro de los grandes protagonistas del restaurante: el patio.

Un enorme tilo domina el espacio exterior y marca el pulso de cada estación. En verano ofrece sombra para las cenas al aire libre, mientras que en invierno pierde sus hojas y deja pasar el sol serrano que acompaña los almuerzos. Entre las ramas, las luces colgantes transforman las noches cálidas en una postal difícil de olvidar. Allí también crece un singular palo borracho nacido de una semilla traída décadas atrás desde un ejemplar de la Plaza San Martín de Buenos Aires, una pequeña historia que resume el espíritu del lugar: nada fue planeado para impresionar, pero todo tiene algo para contar.

La propuesta gastronómica de La Urraca gira alrededor de una idea cada vez menos frecuente: cocinar sin apuro. Aquí no hay una búsqueda obsesiva por seguir tendencias ni reinterpretaciones forzadas de platos clásicos. La carta apuesta por recetas elaboradas, cocciones largas y sabores reconocibles. Cocina casera en el mejor sentido de la palabra.

La experiencia puede comenzar con algunas entradas pensadas para compartir, como el salmón ahumado artesanal acompañado por tostadas y queso crema, la tortilla de papas y cebolla servida sobre pan de campo con aceite de oliva o el camembert al horno con almendras tostadas, chutney o miel, uno de esos platos que invitan a extender la charla antes del principal.

Entre los platos más representativos aparece una cocina que combina influencias europeas, ingredientes nobles y recetas que rara vez sobreviven en las cartas contemporáneas. Los ñoquis de batata rellenos de queso azul con crema suave de verdeo se han convertido en uno de los favoritos de la casa, mientras que el risotto al limón con langostinos y el salmón a la manteca negra aportan una impronta refinada sin perder el espíritu hogareño que caracteriza al restaurante.

La carta apuesta por recetas elaboradas, cocciones largas y sabores reconocibles. Cocina casera en el mejor sentido de la palabra.

Pero si hay un plato que resume la esencia de La Urraca es la bondiola de cerdo cocinada en horno de barro. Marinada con cerveza negra y salsa de soja, permanece largas horas al calor de las brasas hasta alcanzar una textura tierna y profunda, acompañada por puré de batatas y miel. Una receta que exige paciencia y que refleja la filosofía de una cocina donde el tiempo sigue siendo un ingrediente fundamental.

La carta también guarda espacio para platos que parecen resistir al olvido. El ossobuco al tomate con polenta orgánica, el pollo al curry o las propuestas especiales que aparecen según la temporada muestran una cocina que no teme apartarse de las modas. En algunos días incluso pueden encontrarse preparaciones difíciles de hallar en otros restaurantes, como la tosta de morcilla con alioli y chutney, el clásico bife de hígado encebollado con vinagre de frambuesas o el solomillo de cerdo en salsa de naranja y mostaza acompañado por risotto de calabaza.

Después de la pandemia, Mary y Donca sumaron un proyecto largamente soñado: el ahumadero Santa Catalina, ubicado justo frente al restaurante. Desde entonces comenzaron a incorporar nuevas especialidades elaboradas por ellos mismos, entre las que destacan las ribs de cerdo ahumadas y el salmón ahumado artesanalmente, ampliando una propuesta que sigue creciendo sin perder identidad.

Los postres mantienen la misma lógica. Nada estridente, pero sí profundamente reconfortante. El apple crumble servido con crema batida o helado de americana, la crema catalana y la mousse de chocolate funcionan como un cierre perfecto para una comida que apuesta por el disfrute pausado. Quizás el rasgo más distintivo de La Urraca no sea un plato puntual sino una sensación.

Las reseñas de quienes llegan hasta aquí suelen repetir palabras como «hogareño», «cálido», «auténtico» y «acogedor». Muchos visitantes destacan justamente aquello que resulta más difícil de construir: la impresión de estar siendo recibido en una casa y no en un restaurante.3

Entre los comentarios más frecuentes aparecen elogios para la bondiola cocinada al horno de barro, los ñoquis de batata rellenos de queso azul, los productos ahumados de elaboración propia y la calidad de los postres. También se repite una valoración por la atención cercana y por una carta que conserva personalidad propia en tiempos donde muchos restaurantes terminan pareciéndose entre sí.

Hay algo profundamente personal en cada rincón. Los muebles familiares, las historias acumuladas durante décadas, el patio bajo el tilo y una cocina que se toma el tiempo necesario para hacer las cosas bien terminan construyendo una experiencia que trasciende la comida.

En tiempos donde gran parte de la gastronomía parece acelerada por las tendencias y las redes sociales, La Urraca funciona casi como una resistencia silenciosa. Un lugar donde todavía se cocinan platos de antes, donde las conversaciones suelen durar más que la cena y donde el tiempo parece moverse a la velocidad justa.

Quizás por eso tantos viajeros vuelven. No solamente por la bondiola, el horno de barro o los ahumados. Vuelven porque encuentran algo cada vez más difícil de hallar: la sensación de sentirse en casa, incluso estando lejos de ella.

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