LA URRACA

En una antigua mayólica colocada sobre una pared todavía puede leerse una frase que parece resumir el espíritu del lugar: “Se inaugura para siempre el café La Urraca”. Nadie sabe exactamente cuándo fue colocada allí, pero cuando Mary y Donca alquilaron el local decidieron respetarla. El nombre permaneció y con él también parte de la memoria del viejo café que había funcionado en ese mismo espacio durante los años ochenta, junto a la tradicional tienda La Urraca.

Los comienzos fueron austeros. Tanto que buena parte del restaurante se armó con los muebles de la propia casa familiar. Las mesas, lámparas, cuadros y objetos decorativos cruzaron de una vivienda a otra porque no había dinero para grandes inversiones. La única compra importante fue una cocina industrial. Décadas después, esa necesidad terminó convirtiéndose en una de las principales virtudes del lugar.

CASA CARAFFA

En La Cumbre hay esquinas que no son solo esquinas. Son memoria. Son pausa. Son ritual. La de Rivadavia y Caraffa es una de ellas. Desde 1994, esa ochava empezó a latir distinto. La antigua residencia del pintor catamarqueño Emilio A. Caraffa dejó de ser únicamente casa para convertirse en refugio gastronómico. Así nació “Caraffa”, un restaurante que supo construir prestigio a fuego lento: parrilla, mesas largas, risas compartidas y una identidad bien marcada.

Había algo en ese lugar —los helechos gigantes colgando de las arcadas, los juegos de ingenio que iban de mesa en mesa— que lo volvía más que un restaurante. Era un pequeño mundo propio. Un clásico cumbrense. Pero como toda buena historia, esa también tuvo su giro. Una casa que se reinventa sin perder el alma