EL COCINERO DEL PUEBLO

Cuando él hablaba de comida se le iluminaban los ojos y eso que le pasó el colmo del gastronómico: por largos años perdió el olfato, el mismísimo talón de Aquiles de un cocinero. Hasta tuvo que buscar a una persona para que haga la degustación en lugar de él, lo llamó “El señor saborizado”, porque descubrió que era un especialista en olfatear sabores. Y lo incorporó a su equipo que -como todo héroe- lógicamente tenía un ladero.