Para algunos se pueden prescindir de ingredientes, de recetas tradicionales y de ciertas técnicas de cocción pero no se puede prescindir de una figura que siempre es rutilante en relación al arte culinario: el chef. Pues bien, en este emblemático reducto de Cosquín hacen caso omiso de cualquier mandamiento heterodoxo. “Acá no hay chef” repite Jorge Castro, uno de los dueños. Y mal no les va.


Es que el concepto que manejan es el de cocineras en el marco de una familia, platos de comida casera abundantes y coloridos, sin parafernalia ni luces de neón que los encandile. Van como una autopista al paladar sin dejarse llevar por las estridencias. “Si venís acá lo único que no vas a hacer es lavar los platos pero lo que quieras comer, aunque no esté en la carta se hace igual” dice Andrea Guzmán, también propietaria. Una declaración de principios que hermana al cliente y lo eleva en el pedestal. Como debe ser.
Acá nuestra visita a Río Cosquín


El restaurante está ubicado en un lugar privilegiado de la ciudad, con toda la margen del río a disposición, con un balcón para degustar con tranquilidad, observando el paisaje. Las pastas, con los canelones a la cabeza son una de las opciones preferidas. La cocinera Virginia también prepara unos postres pulentas como el budín de pan o el flan. La parrillada del día es uno de los platos más pedidos, al igual que el clásico cabrito.


Cuando ya sos habitué las empanadas fritas llegan como obsequio y preparan las papilas gustativas para una devenir que será rimbobante. “Yo lo que hago lo hago con amor. Yo cocino con amor y cuando vos hacés lo que te gusta te sale con amor”, juramenta Virginia mientras vigila el fuego de las hornallas.
Es que el concepto que manejan es el de cocineras en el marco de una familia, platos de comida casera abundantes y coloridos, sin parafernalia ni luces de neón que los encandile. Van como una autopista al paladar sin dejarse llevar por las estridencias.
Esta parrilla restaurante apta para estómagos que no se engañan con bocaditos, se demuestra una vez más que no hace falta un chef con cartel o que esté atento a las nuevas tendencias. Acá uno sale a comer y se vuelve contento en la ciudad del folklore y del canto. En la ciudad donde las cosas simples alcanzan su mayor dimensión.


