EL ALABADO

Dirección: Playa Chic, Lago Piedras Moras (Almafuerte) Teléfono: 03571 34-9033

En Almafuerte, hay lugares donde la experiencia gastronómica va más allá del plato. El Alabado – Cocina con Fuegos es uno de ellos: un espacio donde el fuego, el paisaje y la materia prima dialogan con naturalidad, creando una propuesta que invita a quedarse. Ubicado frente al Lago Piedras Moras, el restaurante combina una vista privilegiada con una carta que honra la tradición parrillera argentina, pero con guiños creativos que la sacan de lo esperado.

Si algo confirma la propuesta de El Alabado es que no se trata solo de una buena parrilla: la carta está pensada como un recorrido completo, donde cada sección invita a compartir, descubrir y tomarse el tiempo. La esencia de El Alabado está en las brasas. “La propuesta es carnes premium al fuego y diferentes variedades relacionadas a la llama y parrilla”, cuenta Ezequiel, su dueño. Y eso se traduce en platos donde la técnica y el producto se encuentran en equilibrio.

El gran protagonista —y favorito indiscutido de quienes pasan por el lugar— es el ojo de bife. Jugoso, preciso en su punto de cocción, se sirve con papas plomo o papa rellena, consolidándose como una experiencia robusta y reconfortante pero no nos apuremos y vamos antntes de que lleguen los cortes, porque el menú propone una serie de entradas ideales para arrancar sin apuro. Las papas aparecen en versiones que elevan lo clásico: desde las Papas Humo con lactonesa ahumada de limón y verdeo, hasta las Papas Alfredo con crema, queso y perejil.

Las brusquetas, en sus variantes Pastolover y Omnívoras, juegan con combinaciones que van de lo fresco a lo intenso: encurtidos, rúcula, peras asadas, frutos secos, jamón crudo o carnes desmenuzadas. Todo con una impronta casera que se siente en cada bocado. Para compartir, la Degustación Serrana —con quesos, fiambres, aceitunas y cherries confitados— se posiciona como una opción fuerte, pensada para abrir el apetito mirando el lago.

En las entradas, la cocina se vuelve más contundente. Los taquitos de costilla con carne braseada y lactonesa, o las clásicas provoletas (en versiones como osobuco al Malbec o con verduras) refuerzan el ADN del lugar. Las empanadas y nuevas combinaciones mantienen ese equilibrio entre tradición y creatividad, siempre con el fuego como hilo conductor.

Ahora sí, el corazón de la carta está, sin dudas, en los cortes a la parrilla hechos en el momento, donde el tiempo de cocción es parte de la experiencia. El ya consagrado ojo de bife lidera las elecciones, pero convive con opciones como el bife de chorizo, la costilla banderita, el T-bone o el imponente tomahawk (estos últimos, con reserva previa). También hay lugar para alternativas como el matambre de cerdo (en versiones al limón o con salsa teriyaki), la pata muslo grillada o incluso una berenjena rellena veggie, que demuestra que la propuesta también contempla otros perfiles.

Un punto interesante: la milanesa de ojo de bife, una reinterpretación contundente de un clásico argentino. Por otro lado, la carta suma una sección de pastas caseras que no queda en segundo plano. Los sorrentinos alabados —rellenos y con salsas como reducción de Malbec, champiñones o queso azul— aportan un perfil más sofisticado.

También aparecen opciones como lasaña de osobuco braseado o de verduras (según disponibilidad), además de tallarines y pastas rellenas que completan una propuesta amplia y versátil. Para acompañar, las ensaladas combinan ingredientes frescos con giros interesantes: desde mix de hojas con cherries confitados y maní crocante, hasta opciones con quinoa, garbanzos o queso.

Las guarniciones, como el mix de verduras al rescoldo o las papas fritas, terminan de armar platos equilibrados y personalizables. En los postres, El Alabado vuelve a destacarse. La pavlova sin TACC, el Brownie Patagonia (también sin gluten) y el cremoso de chocolate amargo con curd de naranja muestran una cocina que cuida tanto el cierre como el comienzo.

Incluso los clásicos, como el helado de americana con praliné, tienen su lugar en una carta que no deja detalles librados al azar. Entre las reseñas de clientes, se repiten algunos conceptos que terminan de definir la experiencia: “La vista al lago es increíble, pero lo que realmente sorprende es la calidad de la carne. El ojo de bife, perfecto.”

“Fuimos sin conocer y nos encontramos con un lugar cálido, bien atendido y con platos que salen distinto a lo habitual. Volveríamos sin dudar.” “La atención es un punto aparte, muy atentos todo el tiempo. Y los postres sin TACC, un golazo.”

Hay restaurantes que cumplen. Y hay otros —los menos— que construyen un pequeño ritual alrededor de la comida. El Alabado pertenece a esa segunda categoría. Porque no se trata solo del fuego ni de la técnica, sino de algo más difícil de lograr: un clima. El de las brasas encendidas, el murmullo del Lago Piedras Moras de fondo y el tiempo que, por un rato, parece aflojar. Le sumo un punto porque si entrás a su IG encontrá la carta con los precios, cosa que pocos hacen y es más que necesario.

En un mapa gastronómico cada vez más amplio, El Alabado encuentra su lugar sin necesidad de exagerar: producto noble, cocina con intención y una experiencia que invita a quedarse un poco más de lo previsto. Y eso —en estos tiempos— no es poco.

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