PlaceresEncubiertos

LO DE VILLALPANDO Y TODO EL AÑO ES CARNAVAL

Dirección: Av. Fuerza Aerea Argentina 1715 y calle 25 de Mayo 1186. Teléfono: 0351 465-8298/ 0351 451-6947

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Que el tomate hay que comerlo en verano y la mandarina en invierno y tantas otras verdades de alimentación saludable en la que estamos de acuerdo y coincidimos. Pero existen otros manjares que uno desea degustar más allá de la fecha Patria y parecen vedados en otra época del año. Así como de chicos uno se ilusionaba ir más allá de ese amor de verano y pasajero, hay platos que desde el momento en que te atrapan no dejás de desearlos. Que a la suegra, los traumas y a las deudas tenés que soltarlas y son máxima de cualquier manual de autoayuda, a ciertos placeres culinarios, por el contrario, no debés privarlos en ninguna ocasión. Y prácticamente todo lo que ofrece la carta de Villalpando es una oda de degustación interminable.

Locro pulsudo, humita a la olla, cazuela de cordero, picante de panza y las empanadas salteñas para comer con las patas abiertas son manjares culinarios que uno debiera poder deglutir en el momento que se le cante. Si con los 40 de térmica de diciembre tenemos que comer el turrón, la garrapiñada y la mar en coche –además de aguantar a ese pariente borrachín sin gracia- por qué razón no vamos a poder morfar una cazuelita como Dios manda cualquier día del año. Y esa posibilidad te la da este maravilloso lugar, mejor dicho casa de comidas, que comanda Gustavo Villalpando con su familia. De hecho, así nació su primer emprendimiento en la llamada Ruta 20. Resulta que alquilaron una casa con dos baños, la pintaron y decidieron armar la casa de comidas que si no funcionaba, cerraban la persiana y ahí se iban a vivir todos juntos. “Por suerte no hizo falta”, dice Gustavo que desde los comienzos supo amenizar el local con su guitarra y la compañía de músicos amigos. Como saben, los salteños no son de mezquinar para las guitarreadas hasta largas horas de la madrugada o bien entrado el día. Y ese espíritu de ronda, de camaradería innata, sabe cómo aplicarlas a los citados platos. Entonces, en las empanadas está la manera de su abuela paterna o en el locro la sapiencia de su mamá.

Desde purrete Gustavo andaba metiendo las narices en las ollas de la abuela porque sabía que si quería comer bien después del cole tenía que ayudar en la cocina. Y ahí le tomó el gustito. Porque de eso se trata la vida y ese esencial elemento: una vez que uno logra atraparlo, jamás lo soltará. Y lo bien que hace.

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