Dirección: Rio Tercero 40, Villa Serranita (Córdoba) Teléfono: 0351 347-1097
En el corazón sereno de La Serranita, lejos del apuro y más cerca del ritmo del monte, Lo de Clyde funciona como esos espacios que no necesitan definirse demasiado: restaurante, bodegón, refugio, shows en vivo y arte, mucho arte. Todo junto, todo a la vez. Acá no se viene solo a comer. Se viene a quedarse. Es una puerta siempre abierta porque desde temprano hasta la noche, el lugar cambia de clima sin perder su esencia. Mesas de madera, aire serrano, una estética rústica sin maquillaje y esa sensación constante de cercanía que no se puede fabricar. Nada parece pensado para la foto. Y sin embargo, todo tiene identidad.
Detrás de todo está Clyde. Pero no como figura lejana, sino como anfitriona real. Su presencia atraviesa la experiencia: está, aparece, recomienda, charla. Y en ese vínculo directo se entiende el espíritu del lugar. “Acá la gente no viene solo a comer, viene a sentirse bien, como en casa”. La frase —que se repite en relatos de quienes pasaron por ahí— no suena a slogan. Suena a verdad. Porque en tiempos donde todo parece cronometrado, acá todavía hay lugar para la sobremesa larga, el gesto inesperado y la charla sin apuro.
Si algo sorprende en Lo de Clyde es la amplitud de la propuesta. No hay una única línea: hay varias conviviendo. Aparecen opciones que elevan la vara del clásico bodegón serrano: Entrecot con guarnición, Medallón de bife de chorizo con salsa malbec sobre croutón de papas grillé, Bondiola braseada a la cerveza negra, Matambrito de cerdo a la fugazzetta. Pero también platos menos habituales en este tipo de espacios: Jabalí estofado con hongos, Ciervo estofado con higos, arándanos y almendras, Pato a la naranja, Codorniz con salsa suave de limón. Acá hay una búsqueda más ambiciosa, con guiños a una cocina más elaborada, sin perder el anclaje casero.

En cuanto a las pastas, se destacan los Ravioles y sorrentinos (ricota, jamón y queso; verduras con carne o pollo), Ñoquis, Fideos caseros, Pappardelle, Lasaña y canelones. Con una variedad de salsas que va desde lo tradicional a lo más intenso: bolognesa, filetto, carbonara, pesto, cuatro quesos, roquefort o incluso salsa de puerros. Es el tipo de platos donde cada uno encuentra algo conocido. Y eso también suma.
en tiempos donde todo parece cronometrado, acá todavía hay lugar para la sobremesa larga, el gesto inesperado y la charla sin apuro.
Otro diferencial inesperado: la carta de pescados. Pejerrey en distintas versiones (romana, roquefort, cuatro quesos), Trucha con salsas, Rabas y cornalitos fritos, Cazuela y paella de mariscos. No es lo primero que uno imagina en La Serranita, pero amplía el juego y le da variedad al menú.
En el “menú serrano” es donde todo cobra sentido. Acá aparece probablemente la identidad más clara del lugar: Picada Lo de Clyde: berenjenas en escabeche, salame de la colonia, queso de cabra, aceitunas serranas, pan de campo y cerveza artesanal, Sándwich serrano con bondiola o jamón crudo, tomate y albahaca, Asado campestre con salsa serrana de hierbas (albahaca, ajo, menta peperina) y puré rústico, Cabrito Paravachasca, con papas al romero. Este apartado es el que mejor dialoga con el entorno. El que conecta con el paisaje, con el producto local, con la experiencia real de estar ahí.
Es un espacio donde conviven lo casero y lo ambicioso, lo previsible y lo inesperado, la cocina y el vínculo.
Entre quienes llegan a Lo de Clyde, hay algo que se repite más allá del plato elegido: la experiencia. En distintas reseñas aparecen palabras como “calidez”, “atención personalizada” y “sentirse como en casa”. Muchos destacan justamente eso que no se puede medir en una carta: el trato cercano, la presencia de Clyde, los pequeños gestos que hacen la diferencia. “La comida es rica, pero lo mejor es cómo te atienden.” “Es de esos lugares donde te terminás quedando más de lo pensado.” También hay quienes celebran la abundancia de los platos, la conexión con el entorno y esa sensación de haber encontrado un lugar auténtico, sin pretensiones.
Como en toda cocina viva, no faltan opiniones diversas sobre algunos platos. Pero incluso ahí, el consenso parece inclinarse hacia lo esencial: no es solo lo que llega a la mesa, sino cómo te hacen sentir mientras estás ahí.
Lo de Clyde no es perfecto. Y probablemente ahí esté su mayor virtud. Porque no busca serlo. Es un espacio donde conviven lo casero y lo ambicioso, lo previsible y lo inesperado, la cocina y el vínculo. Donde a veces el plato sorprende y otras veces lo que queda es la experiencia. Y en un contexto donde muchos lugares se diseñan para impresionar, acá todavía importa algo más simple y más difícil: Que te sientas bien. Como si no hubieras salido a comer, sino que alguien te hubiera abierto la puerta de su casa.