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L’ALMACÉN DEL TORREÓN

Ruta 5 km 99, Villa Rumipal. Teléfono: 03546 47-5637

Casi como glorias en peligro de extinción a lo largo y a lo ancho del país quedan almacenes de ramos generales que en algunos casos han sido declarados -con justicia- patrimonio histórico. Sobre todo en la provincia de Buenos Aires hay varios caminos y rutas que los conectan entre sí y por fortuna el turismo ha tomado nota de la importancia de visitar esos lugares centenarios. No obstante, esa cultura en sí que tiene cada establecimiento de este tipo, al margen de la arquitectura de los que se mantienen de otro siglo con tantos objetos vintage, es la función social que cumplen: reúnen a pobladores y clientes no sólo para hacer las compras, sino también para la vuelta del vermú, las charlas ocasionales entre personajes e incluso los placeres culinarios.

Algo así se propuso recrear hace poco más de siete años un matrimonio con sus hijas en la bellísima Villa Rumipal, porque además del morfi súper recomendado que ofrecen, en L’almacén podés encontrar literalmente de todo. Y eso le suma un atractivo más al de por sí justificado restaurante. “Es un minimercado donde podés encontrar casi todos los productos de almacén, dietética, panadería, vinoteca y helados artesanales, como en las viejas pulperías hay desde una lamparita hasta productos de limpieza, se puede comer en el restaurante o encargar y llevar la comida” nos cuenta Leo Martín.

…Hace un par de inviernos sacaron una pizarra afuera ofreciendo un plato caliente a quienes lo necesitaran: nació de motus propio, no tiene que ver con una estrategia comercial sino con una cuestión de valores...

Leo es el cocinero del Torreón, se crio viendo a su mamá, a sus abuelas y sus tías cocinar, y tras un paso por Italia adquirió conocimientos tras hacer changas en varios restaurantes.  Lo acompaña, en esta tarea de ser un auténtico lugar de encuentros, su esposa Erica y sus dos hijas, además de algunos colaboradores sobre todo en temporada. “Nos gusta escuchar al cliente y tratando de estar un paso adelante viendo las necesidades del cliente, innovando, recibiéndolo con los brazos abiertos, tratar de estar presentes y no defraudarlos. La gente generalmente destaca el trato familiar con lo que lo recibimos”, dice. Si alguien pide cabrito se le explica que puede demorar entre media hora y cuarenta minutos pero mientras tanto se les invita con una picada de fiambres elaborados por ellos mismos. Desde la decoración todo es una invitación a relajarse: “tratamos de ser un oasis en medio del desierto”, resume.

La ubicación estratégica, en el medio de la Ruta 5 en pleno valle de Calamuchita les otorgó el status de paso obligado gracias a la visión que tuvieron de anticiparse. “El almacén está entrando en su octava temporada y a excepción de algún sánguche de heladera de estación de servicio no había ninguna opción de comer algo en la zona, menos caliente”, cuentan.  En los comienzos fueron armando la carta en base a la sanguchería casera, por ejemplo, los clásicos chogusan de milanga hasta platos rústicos como se comían en cada casa hace medio siglo. “Nuestro negocio no es de esos donde vas a encontrar sushi o alguna exquisitez de esas que se ponen de moda en Palermo. Nuestro negocio tiene una carta –especialmente en temporada- basada en la cocina campestre, desde empanadas caseras, humitas, dos o tres variedades de cordero, milanesas, carne o pollos al horno y todo tipo de minutas”, dice Leo. La característica del lugar les permite tener abierto todo el año y salvo restricciones puntuales por la pandemia, está abierto desde las 9 de la mañana hasta las 24 horas, más de 15 horas en temporada baja, algo que todos los residentes de la zona agradecen con gusto. La clave son el marketing boca a boca y la mencionada amplitud horaria, estar abierto los 365 días del año –sólo cierran el horario nocturno del 24 y 31 de diciembre. Por eso la relación con los clientes es cuasi familiar: “al igual que nosotros vemos cómo van creciendo los hijos o hijas, que luego llegan en pareja, hemos visto formar familias y todo lo que ocurre con cada una. Trabajamos con el marketing boca a boca y vecinos que nos mandan familiares de otras partes del país. Vienen muchos los camioneros y en inviernos siempre los recibimos con la salamandra prendida y un plato caliente de comida”, señalan.

Hace un par de inviernos sacaron una pizarra afuera ofreciendo un plato caliente a quienes lo necesitaran: “Nació de motus propio, no tiene que ver con una estrategia comercial sino con una cuestión de valores. Somos una familia que quiere que nuestras hijas se críen en un mundo donde los valores sean los importantes. Para nosotros ser solidarios es empatizar con el otro, si hay alguien que la está pasando mal obviamente le tendemos una mano. Ese es el sentido que nos enseñamos y el que queremos transmitirles a nuestras familias”, dicen.

Esta familia de hacedores siempre están innovando y haciendo crecer el negocio pensando justamente en los otros. No se quedaron con eso de que sólo a ellos les fuera bien, por el contrario, fueron invitando a vecinos a sumarse y crear un centro comercial a cielo abierto (El Torreón). Cuando empezaron con el puesto eran 5 negocios en total y hoy ya son medio centenar. Por lo tanto, degustar en L’almacén o llevarse productos de la zona es también seguir haciendo crecer a la comunidad, en común unión justamente.

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