Pastas Artesanales La Tana. Rioja 1582 (Fábrica Principal): 3534096733. Sucursales: Mendoza 1516 Rioja esq. José Ingenieros. Villa María, Córdoba.
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La ciudad de Villa María se encuentra a 150 kilómetros de Córdoba Capital y se accede por varias rutas, incluida la autopista Córdoba-Rosario. Esa es la distancia que tienen los cordobeses para conocer Italia sin necesidad de pasar por migraciones.
“Quiero mantener la cocina de la abuela, de mi mamá, práctica, que te sientas a la mesa y comas, sin mirar la decoración del plato,. trabajé tantos años con la decoración que dije ahora quiero hacerlo como en casa. Al principio salíamos con el sartén directamente a la mesa, pero como no me alcanzan para dejarlos, salimos con las bandejas”, explica Rosa Iachetta, la anfitriona del lugar, que agrega: “la pasta se une con la salsa en la sartén, la pasta tiene que estar sabrosa, sale más rica mi amor, sino todo el trabajo que hiciste lo perdés”. Rosa se había criado entre hornallas, a los 17 años era bachera pero tenía un ojo en el enjuague y otro en las comandas y cuando llegaba a su casa probaba: “así salió la mía cuccina”, dice.

Juan Carlos Camana empezó el año 1990 con tres objetivos: viajar a Italia, ver el Mundial y conseguir trabajo. Pudo cumplirlos y encima como yapa la vida le dio una grata sorpresa. Rosa vivía en el sur -cerca de Napoli- pero coincidió en Torino justo en el momento que debía cruzarse con Carlos. En Italia trabajaron en gastronomía, formaron familia y vivían felices, pero la mano se ponía más complicada y a Carlos le tiraba volver a sus pagos, desembarcaron en Villa María con todo lo que cabía en las maletas.
Decidieron hacer lo que mejor sabían y pusieron literalmente las manos a la masa. Un amigo que era visitador médico fue uno sus primeros clientes y se quedó impresionado con esa parte de Italia que Rosa resumía en cada plato. Era el año 2012, les propuso realizar una comida para todos los médicos de la ciudad, unas 40 personas. Fue tan inolvidable esa velada que el boca a boca hizo que a la semana siguiente su hogar, ya no fuera exclusivo de ellos.
“Yo soy casera, quiero mantener la cocina de la abuela, de mi mamá, práctica, que te sientas a la mesa y comas, sin mirar la decoración del plato…»
La casa se fue aggiornando al progreso de la familia, con la llegada de sus hijos dejaron la planta baja para la elaboración de pastas, la cocina y el comedor. De los dos espacios para los comensales, uno está pegado a la cocina con el privilegio de los aromas que emana y la cercanía de la Tana en plena acción. El otro, es un reservado con una mesa larga para familias o amigos numerosos. Las paredes están repletas de objetos Italianos y fotografías de todas las parentelas. En los ambientes se respira y se observa Italia, desde un gran paraguas napolitano hasta los colores de la bandera en distintas variantes: guirnaldas, banderines, cortinas y manteles.

Ahora con la Pandemia en la Casa Central sólo entrega pastas cocinadas para llevar o delivery. En sus otras sucursales, atendidas por sus hijos, las crudas. En el top de preferencias la Lasaña de carne (porción $270 / doble $480) se lleva todos los laureles. De los clásicos, recomendamos los sorrentinos –tiene la opción multicolor con la bandera de Italia- ($460 el kilo o $250 porción cocinada), ravioles ($440 el kilo y $240 porción), ñoquis ($420 kilo y $220 porción). Los Fusilli hechos a mano uno por uno (400 el kilo o $250 porción cocinada) son una belleza para la vista y las rarezas se hacen a pedido. Entre ellas, la pasta sarda (una especie de empanaditas con masa al azafrán y relleno de ricota y espinacas), rayo de sol (símil girasol con relleno de ricota y espinaca) Tette di Cleopatria (no hace falta traducir, se ofrecen sólo cocinados), “malfatti di spinaci y gnocchi ripieni di zucchini e pancetta affumicata”. En todos los casos el kilo crudo sale $460 y la porción cocinada $260.
“El problema es que muchos piensan en que está bien poner muchos ingredientes en una comida. Yo no estoy de acuerdo con eso, porque tienes que separar el gusto de las cosas”, declama Rosa, en una de sus tantas máximas. “Yo tengo el vicio de no probar nada, confío en mi mano, voy al color, al olor, pero algunas veces puede que nos llevamos la sorpresa que salga algo salado, pero rara vez sucede, por fortuna”.
De los dos espacios para los comensales, uno está pegado a la cocina con el privilegio de los aromas que emana y la cercanía de la Tana en plena acción.
Desde que están en Villa María pudieron volver sólo tres veces a Italia, la “mamma” de Rosa está anciana y su plan era visitarla este año. El Covid19 trastocó sus planes pero no al humor de la Tana que –por un pinzamiento de espalda- anda al 50% de su capacidad operativa pero asegura estar “más loca y plena que nunca”. Para Juan Carlos las claves son que su compañera tiene una buena mano y hace todo con pasión y amor: “por eso le sale todo tan gustoso”. “Sé cocinar, trabajé en un restaurante pero yo acompaño, la mujer comanda. En un gallinero tiene que haber un solo gallo sino se pelean”, dice.

Los antipastos y los postres merecen mención aparte –ambos llegan en opciones para compartir- al igual que el lemoncello casero, pero cerrar la experiencia con un café y las anécdotas de Rosa es tan sobrenatural como conversar con ella y entenderle cada palabra de su lengua natal, sin siquiera conocer el idioma.
Una gran pizarra con puño y letra de Rosa advierte a los clientes: “Domingos a la noche cerrado, porque estoy loca. Lunes cerrado porque estoy en el kilombo (de la preparación, excepto casos especiales). Nos vemos el martes sino duro poco. Gracias”.









