Pese a que no posee la gloria de otros tiempos donde abundaban los platitos y los restaurantes competían para ver quien tenía la mayor batería de opciones, es un clásico argento que nunca morirá y que constituye un menú propio: la picada.
Sobre su origen siguen distiendo en la academia del arte culinario y no se ponen de acuerdo, para algunos es un desprendimiento del “copetín” y del vermú mientras que otros sostienen que devino de las tapas españolas o del antipasto italiano. Sin embargo, hay una hermosa historia de una génesis argenta.
En 1896 se anuncia el paso por Rosario de sir John William Beresford, agregado cultural británico, sobrino nieto del general Beresford, de destacada intervención en las invasiones inglesas. Ante la importancia de la visita, el gobierno le encargó una comida a la cocinera Quintina Pereyra Sosa. Quintina se propuso hacer locro pero estaba tan motivada que para darle más sabor, se piko y preparó más de ochenta ingredientes que colocaría en la olla a último momento.
La casualidad hizo que el visitante y la comitiva llegara antes, justo cuando la cocinera se estaba cambiando y maquillando, el asunto es que el inglesito estaba hambriento y al ver la mesa llena de ingredientes desparramados en distintos platitos, le entró sin miedo y sin pausa como salamanca al piano. Le pareció una idea genial y bautizó la comida como pickles. Y como sabemos de pickles a picada hay sólo un pasito.
Sobre su origen siguen distiendo en la academia del arte culinario y no se ponen de acuerdo, para algunos es un desprendimiento del “copetín” y del vermú
A pesar que se corrió la bola del picadón en lo de Quintina, no se instaló entre las costumbres locales hasta principios del siglo diecinueve, para que eso pase la clave fue la invención del escarbadientes o mondadientes, ya que al tener que tomar la comida con las manos era sumamente rechazada, especialmente entre las damas, que usaban guantes.

Hubo un momento donde la picada tomó estatus de comida principal, desde bodegones a bares la adoptaron en las principales ciudades e incluso cada picada era un encuentro de diversas colecividades, ya que cada platito constituía una receta de una cultura diversa, es nada queda mal en la picada.
Era tal la época de oro de la picada que vendían a rolete copetineras para regalar en los casamientos, desde bandejas de acero con huequitos donde posicionar los ingredientes hasta con platillos de todo tipo de materiales para servir las picadas.Hoy hay tantas versiones de la picada como pueda plantear la imaginación, desde exclusivas de quesos con frutos secos, hasta vegetarianas y por colores.
Es probable que una de las enemigas de las picadas fueron las tablas de fiambres y de quesos que entraron tímidamente pero tomaron tal protagonismo que desplazaron a estos minis platos que convivieron sin problema con los palitos, las papitas y los mani, pero las tablas coparon la parada. Como sea, volvamos a cocinar sólo para hacer una gran picada y nos sentiremos mejor que nunca.






