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LA MORA BLANCA

Dirección: Comuna Villa, San Isidro, Córdoba/ Teléfono: 03547 57-5635

A veces viajar también consiste en encontrar un lugar donde bajar el ritmo. Una mesa, algo casero para comer, una habitación donde quedarse y, afuera, un paisaje que invita a no mirar el reloj. En Villa San Isidro, La Mora Blanca nació con esa idea: recibir a quienes llegan a las sierras como si estuvieran entrando a su propia casa.

La ruta 56 atraviesa un paisaje donde todavía es posible que el viaje tenga otra velocidad. A la vera del camino, muy cerca de Los Molinos y dentro de Villa San Isidro, aparece La Mora Blanca, un hostal que combina alojamiento, cocina artesanal y una de esas formas de hospitalidad que no necesitan demasiadas explicaciones.

El nombre tampoco es casual. Frente al lugar hay una mora enorme, ubicada en la vereda y en el espacio de estacionamiento. Fue esa presencia cotidiana, parte del paisaje y también de la memoria de quienes viven allí, la que terminó dándole identidad al proyecto. “Hacerle honor también al lugar”, explican sus dueños, Víctor y Nancy, que eligieron bautizar así al hostal.

Ellos llegaron a Villa San Isidro después de haber vivido en distintas ciudades y pueblos pequeños. Cuando recorrieron Córdoba buscando un lugar donde instalarse, encontraron acá una combinación que les cerraba por varios lados: la tranquilidad, la conexión con las rutas, las posibilidades para sus hijas y también la oportunidad de desarrollar servicios vinculados al turismo de las sierras.

Ya llevan casi cuatro años en el lugar. Y se nota que La Mora Blanca fue pensada desde una lógica familiar. Al entrar, la sensación es más parecida a la de una casa que a la de un alojamiento tradicional. Está la cocina, están las mesas, están los espacios comunes y está, sobre todo, la intención de que quien llega pueda sentirse cómodo. Víctor lo explica de una manera sencilla: querían que las personas que ingresaran pudieran sentirse “como en su casa”, atendidas por ellos y en familia.

Esa idea también atraviesa la cocina. Los productos que se sirven son elaborados por ellos mismos y las comidas tienen una impronta artesanal. No se trata solamente de ofrecer algo para comer al huésped: la propuesta gastronómica forma parte de la experiencia de quedarse.

Hay pastas caseras, empanadas y distintas preparaciones que van cambiando según el momento del año. Cuando llega la temporada más cálida, la parrilla empieza a ganar protagonismo y aparecen cordero, lechón y asados. También trabajan con ciervo en algunas preparaciones, como pasta o jamón, propuestas pensadas para degustar en el propio lugar.

Uno de los detalles más interesantes de La Mora Blanca está en su manera de entender el alojamiento. Aunque se lo presenta como hostal, la experiencia es diferente a la de un hostel tradicional. Las habitaciones son privadas, individuales o dobles, y cada huésped tiene su propio espacio. Los baños y las duchas son compartidos, mientras que el comedor y la cafetería están a cargo de sus propios dueños.

La Mora Blanca está pensada también como una especie de base para recorrer las sierras. Desde allí, según cuentan Víctor y Nancy, muchos visitantes llegan atraídos por el río, por La Quintana o por Los Molinos y terminan decidiendo quedarse. La posibilidad de comer, dormir y volver a salir a recorrer hace que el viaje pueda resolverse sin necesidad de estar cambiando de alojamiento permanentemente.

Pero hay algo que no figura en ningún menú ni en ninguna reserva y que forma parte de la experiencia: el silencio. Después de las siete de la tarde, cuentan Víctor y Nancy, el movimiento prácticamente desaparece. La ruta sigue ahí, el paisaje sigue ahí, pero el entorno entra en otra frecuencia. “Estamos solos”, dicen. Y eso también es parte de lo que muchas personas buscan cuando vienen a las sierras. No solamente conocer un lugar, sino poder escucharlo.

Y se nota que La Mora Blanca fue pensada desde una lógica familiar. Al entrar, la sensación es más parecida a la de una casa que a la de un alojamiento tradicional.

El río, la costanera, las aves, la fauna y ese paisaje todavía bastante silencioso forman parte de una Villa San Isidro que sus propios habitantes sienten que tiene mucho por descubrir. Para Víctor, ese es precisamente uno de los grandes potenciales del lugar: invitar a que más gente llegue, conozca el entorno y también los conozca a ellos.

La Mora Blanca funciona entonces como algo más que una parada en el camino. Es una casa que se convirtió en hostal, un comedor que también recibe a quienes no se hospedan y una cocina donde lo artesanal no aparece como una etiqueta sino como una forma cotidiana de hacer las cosas. Una mora enorme en la entrada terminó poniendo nombre a todo eso.

Esa es una buena manera de bautizar un lugar que eligió echar raíces justamente ahí: haciendo honor al paisaje y abriendo la puerta para que otros también puedan descubrirlo.

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