LA ESTANCITA

Dirección: Cam. del Cuadrado, Córdoba/ Teléfono: 03543 20-0777

En el serpenteante Camino El Cuadrado, ahí donde la ruta se vuelve paisaje y el tiempo parece aflojar el paso, hay un lugar que invita a quedarse más de lo previsto. La Estancita no es solo un parador: es una excusa perfecta para detenerse, respirar hondo y entregarse a uno de esos placeres simples que lo dicen todo.

Rodeado por ocho hectáreas de naturaleza viva, este refugio gastronómico nació casi como un gesto íntimo. Dos amigos —Leonardo Atea y Fabián Falco— decidieron transformar años de confianza en un proyecto compartido. No hubo grandes certezas al principio, solo una idea: crear un espacio donde comer rico, en buena compañía, y dejar que el entorno haga su parte.

“Si nos iba mal, al menos nos juntábamos a comer asado con los amigos de toda la vida”, recuerda Atea. Pero no hizo falta ese plan B. Lo que empezó a fines de 2023 como una aventura entre amigos, hoy late como uno de los puntos más buscados del corredor gastronómico serrano. Y es que hay algo en La Estancita que trasciende la carta. Pero antes de eso, vale detenerse en ella.

La propuesta gastronómica abraza lo clásico, pero lo hace con una contundencia que reconforta. Son platos pensados para compartir, para comer sin culpa y con ganas. Entre los más elegidos aparecen: El sándwich parrillero, ya convertido en un pequeño emblema del lugar: carne jugosa, pan crocante y ese sabor a fuego que se queda.

En un mundo que empuja a ir más rápido, este rincón en la sierra propone lo contrario: quedarse un rato más. Comer mejor. Mirar alrededor.

El bife de chorizo, generoso y en su punto justo, acompañado por papas fritas o verduras al horno de barro, donde el ahumado aporta carácter. Pastas caseras como sorrentinos y ñoquis, que aportan una pausa más suave dentro de una carta dominada por la parrilla. Las infaltables milanesas y minutas, ideales para quienes buscan algo simple pero bien hecho. Todo llega en porciones abundantes, de esas que invitan a estirar la sobremesa. Y ahí, entre plato y plato, el paisaje se cuela sin pedir permiso.

Hay algo que sucede cuando un lugar logra lo que promete: la gente lo cuenta. Y en La Estancita, las reseñas parecen repetir una misma idea con distintas palabras. “La vista es increíble, pero lo que más sorprende es lo bien que se come. El sándwich parrillero es de otro nivel.”

“Fuimos sin muchas expectativas y terminamos quedándonos toda la tarde. Comida abundante, precios acordes y una atención muy cálida.” “Es de esos lugares donde comés rico y además te llevás la experiencia completa. Caminata, aire puro y sobremesa larga.”“Vale la pena el camino. Todo es simple, pero está bien hecho.”

Entre comentarios sobre la calidad de la comida, la calidez del servicio y el entorno, aparece un patrón: quienes llegan, recomiendan. Y muchos, vuelven. El ritual de llegar, dejar el auto, y sentir que no hace falta más. Comer sin apuro. Levantarse de la mesa y seguir el día entre caballos, senderos y el murmullo de la cascada. Porque sí: acá la experiencia no termina en el plato. Continúa en el paisaje.

La propuesta gastronómica abraza lo clásico, pero lo hace con una contundencia que reconforta. Son platos pensados para compartir, para comer sin culpa y con ganas.

Claro que no todo fue fácil. La ubicación, tan idílica como desafiante, obligó a reinventar lo cotidiano: wifi satelital en medio de la nada, logística artesanal para subir cada insumo, traslados para el equipo. Pero incluso esas dificultades parecen formar parte del encanto, como si sostuvieran esa sensación de estar en un lugar un poco secreto.

El crecimiento llegó sin aviso. Primero el boca a boca, después las miradas curiosas, los medios, los viajeros digitales que descubren y comparten. De pronto, lo que era calma se volvió efervescencia. Mesas llenas, reservas necesarias, equipos que se multiplican. Y sin embargo, en medio de todo eso, persiste una decisión: no perder la esencia. Mientras algunos sueñan con expandirse, Atea lo tiene claro. Prefiere lo cercano, lo humano, lo disfrutable. Quizás por eso La Estancita funciona.

En un mundo que empuja a ir más rápido, este rincón en la sierra propone lo contrario: quedarse un rato más. Comer mejor. Mirar alrededor. Y entender que, a veces, el verdadero lujo está ahí. En lo simple. En lo compartido. En lo inesperado.

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