Dirección: Natal Crespo, La Calera (Córdoba)/ Teléfono: 0351 512-1644
Como sabemos La Calera viene haciendo mucha fuerza para convertirse en polo gastronómico. En la ruta, en el borde de un río, en ese momento exacto en que el hambre deja de ser necesidad y empieza a ser excusa. Ahí, casi como un gesto inevitable del paisaje, aparece La Pastora. No es un restaurante que quiera impresionar. No hay diseño de autor ni pretensión gourmet. Lo que hay —y eso se percibe apenas uno cruza la puerta— es otra cosa: la promesa de una comida que intenta parecerse a la de casa.
Ubicado en el ingreso a La Calera, al costado de la Ruta E55 y junto al puente sobre el río, La Pastora tiene esa lógica de parada serrana: mesas amplias, cierta rusticidad, y una terraza que mira al agua. Durante años, fue uno de esos puntos de encuentro donde la comida es casi una excusa. Un lugar de domingos, de familias largas, de sobremesas sin reloj.


La carta de La Pastora no busca sorprender: apuesta a lo conocido, a lo que funciona. A esos platos que no tenés que llamar al mozo para que te describa el sinfín de metáforas o poesía barata con el que alguien quiso nombrar en la carta. Ya sabemos que cuanto más firulete tienen las descripciones menos porción tendrá el plato. Así que acá la cosa se llama como es y las opciones en parrilla, pastas y minutas vienen todas en platos abundantes.
Durante años, fue uno de esos puntos de encuentro donde la comida es casi una excusa. Un lugar de domingos, de familias largas, de sobremesas sin reloj.
Asado, ravioles, milanesas, papas fritas, pizza. Todo dentro de una lógica simple, reconocible, casi familiar. Pero hay algo más interesante que la carta fija: lo que va cambiando día a día. Lo que pasa hoy: cocina en movimiento. En sus historias de Instagram, La Pastora muestra algo que no siempre está escrito, pero define mucho mejor al lugar: su cocina cotidiana.


Hoy, por ejemplo, la propuesta se mueve entre: Albondiguitas en salsa, de esas que piden pan al lado, Canelones o lasañas con salsa, bien cargados, bien caseros. O cada noche los lomitos, que aparecen como uno de los platos más celebrados por quienes van y te mostramos acá en fotos. Y los fines de semana, clásicos de parrilla como vacío y matambre, que refuerzan ese espíritu de reunión
Quizás la clave no esté en pensar a La Pastora como destino, sino como pausa. Un almuerzo después de la ruta.
No es solo lo que hay en la carta: es lo que está saliendo en ese momento, lo que se cocina ese día, lo que convierte al lugar en algo más vivo que un menú impreso. La experiencia: platos simples, intención casera. La lógica es clara: porciones generosas, sabores reconocibles y una cocina que no busca reinterpretar nada. Hay quienes destacan especialmente las pastas y la parrilla, y otros que celebran algo más intangible: esa sensación de comida hecha sin apuro, sin maquillaje. El plato llega caliente, abundante, directo. Sin discurso.

Las voces: entre el cariño y la crítica
Como todo lugar con historia, La Pastora no es uniforme. Hay quienes vuelven por costumbre, por cercanía, por ese vínculo emocional con el espacio. Y hay quienes encuentran irregularidades: demoras, platos desparejos, días mejores que otros. Y quizás ahí está su verdad: no es un restaurante perfecto, es un restaurante vivido.
Quizás la clave no esté en pensar a La Pastora como destino, sino como pausa. Un almuerzo después de la ruta. Una mesa compartida sin urgencia. Un plato de pastas o una parrillada que llega como debe llegar: sin explicación. Comer en La Pastora es aceptar ese pacto: el de sentarse sin expectativas demasiado altas y dejar que el lugar haga lo suyo. Porque entre las albóndigas, los canelones, el lomito y el humo del vacío del fin de semana, aparece algo que no siempre se puede diseñar: la sensación —aunque sea por un rato— de estar comiendo en un lugar que ya conocías, incluso antes de llegar.


