Caseros 1218, Córdoba/ Teléfono: 0351 423-1371
El hombre estaciona casi enfrente del lugar, “hoy ando con suerte” dice para sus adentros. En la vereda unas dieciséis personas hacen fila curiosamente calmas, templadas con el sol invernal. No es tarde pero su tripa anda necesitada de alguna caricia, esa mañana desayunó antes de lo habitual. Espera que la cola se mueva rápido. Alguien sale y por detrás se escucha: “mesa libre para uno o dos”. Quienes lo anteceden hacen oídos sordos y ahí nota que son por lo menos tres grupos. “Esa mesa me está esperando. Es mí día”, insiste. Ingresa con una sonrisa y ahí nomás un desparramo de saludos: “Hola ingeniero”, “cómo anda ingeniero”, “eh Don Ingeniero que tarde hoy día”…desde mesas contiguas, desde la barra, un mozo al pasar, todos le dan la bienvenida. Se deja caer en la silla sin dejar de sonreír. Al cabo de un par de minutos le traen un plato de sopa, un sifón y una botella 3/8 del vino de la casa. Por fin, se siente que ya está en su casa.

El ingeniero se llama Luis Risso Patrón y hace 38 años que repite la misma tradición de almorzar en ese lugar. Como él, son cientos los que adoptaron al comedor del Club IME de Córdoba como parte de su rutina. Juezas, vendedores ambulantes, políticos, bomberos, pasantes o gerentas. Desde el más seco al más bacán conviven en un reducto donde caben unas 67 personas. En la fila también están los que se llevan una porción de lengua a la vinagreta, un bife de chorizo o unas milangas con papas y huevos para ese domicilio donde también pagan los impuestos.
Se deja caer en la silla sin dejar de sonreír. Al cabo de un par de minutos le traen un plato de sopa, un sifón y una botella 3/8 del vino de la casa. Por fin, se siente que ya está en su casa.
“Yo creo que trascendió comercialmente a través del boca en boca” dice el ingeniero al ser consultado por la fama de IME. Es que la notoriedad es curiosa, más bien selectiva. Hay todo un arco de clientes que rozan el fanatismo y sólo recomiendan el lugar a una persona muy querida de su entorno. Como un acto de gratitud. De lo contrario, se llevarán ese secreto a la tumba. Se come tan bien que hay que mantenerlo a resguardo.
El IME no posee carteles que lo delaten en las paredes como tantos que se apoderan de la visual de las calles aledañas “sugiriendo” perfumes, zapatos y camperas de su vecino shopping Nuevocentro. Sin embargo, una pared del tamaño de un arco de fútbol exhibe su identidad en la esquina colindante. Contrario al prejuicio, el shooping le vino bien al comedor, ya que la gran cantidad de obreros empleados para su construcción fueron clientes diarios que terminaron de agrandar y consolidar el menú. En sus inicios la carta se sostenía con sándwiches y empanadas, pero la nueva demanda sacó a la cancha –además de los mencionados anteriormente- al vitel toné, el salpicón de ave, los guisos y las pastas.
Las paredes no sólo hablan, también comen. El grafitti muestra a dos rastrojeros, la mascota del lugar. Es que ese tradicional -como decirlo porque no es esencialmente una camioneta pero tampoco auto- medio de transporte argento fue el caballito de batalla de la fábrica que le da nombre al comedor. En 1950 el entonces presidente Perón crea la fábrica Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado (IAME) donde se hacían aviones, autos, tractores, motos, lanchas y hasta armas. Con Perón fuera del poder se divide la industria, se cierra una parte y crean Industrias Mecánicas del Estado (IME) destinada a la producción del famoso rastrojero diésel.
Comandados por Carlos Roberto Schwab, los empleados de la IME -agremiados a la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE)- buscaron tener su propio espacio de esparcimiento (de camaradería argumentarán) y fundaron su Club Cultural, Social y Deportivo. La actividad principal fue la práctica de la pesca y en el Lago Los Molinos encontraron su base para el deporte, pero faltaba una sede. Alguien había visto una casa en la calle Caseros al 1200 en el barrio Alberdi de la capital mediterránea. Allá fueron. Para comprarla nada mejor que seducir al dueño con la vedette del momento: un rastrojero que terminó siendo la moneda de cambio. Tan famosos eran que -antes de la dictadura- se fabricaban más de 12000 unidades por año. Como no hay sede sin un bufet, ahí apareció un tal Dante Martínez para dar servicio y –de paso- alimentar a su familia.
“A la gente le encanta venir y ponerse a charlar. Encuentra un espacio donde se sienten cómodos y comen bien”, dice Carolina Di Napoli, bastión femenina del comedor. A su lado, su esposo –e hijo de Dante- Cristian Martínez asiente con algo de modestia. Tiene puesto la cofia y el delantal porque está en plena faena en la cocina. Ahí todos saben hacer de todo y la base está en las recetas típicas de la familia. La fórmula es simple pero no infalible. Hay algo más.
-El comedor es el fruto de años de trabajo, años incansables, por acá pasó toda mi familia, porque aparte de mi papá y mi mamá que fueron los fundadores, más una hermana de mi papá –mi tía- fueron ellos realmente quienes iniciaron acá. Nosotros somos diez hermanos y ocho hemos trabajado acá. Es un negocio típicamente familiar- cuenta Cristian.
Los platos vienen con aumento, todo es demasiado pero sólo un hereje no lo terminará. La milanesa viene doble, doble huevo, doble milanga, la porción de papas supone también que es para dos. La contundencia si bien es una de sus grandes virtudes, es el entorno –reducto mítico- el que interroga a la nostalgia y provoca ese no sé qué.
-Las recetas son simples, caseras, como comer en casa prácticamente, no hay ningún secreto, bah, el único secreto que tenemos es ese. Acá comés como si te cocinara tu abuela, muchas veces la gente misma es tu cable a tierra, porque hablás con la gente y te cuenta sus historias y vos le contás las tuyas- dice Cristian.
-Yo los veo entrar y ya sé lo que van a llevar-dice Carolina.
-Hay clientes que los mozos ni le preguntan, ya van directo y le llevan las cosas.
-“Acá como lo que quiere el mozo, no como lo que yo quiero” me dice la gente-afirma Caro.
Como creo que exageran le pregunto al mozo como es el tema de la carta porque no la encuentro por ningún lado. La respuesta es simple: no existe. “Al cliente lo que hay que llevarle rápido es la entrada y la bebida, para que vayan empezando. Y después le tiramos nosotros lo que más sale”, dice. Y jura que muchos vienen con la idea fija del bife de chorizo y las milanesas a caballo.
¿Puede un club social reconvertirse en algo mejor? Se pregunta un amigo, al tiempo que golpea con sus dedos la mesa de nerolite, imitando el toc toc del andar de un caballo. Se siente aliviado, como si un hada invisible le hubiera extirpado el mal humor de una jornada invasiva.
Y eso que todavía no le trajeron el postre.