Alguien dijo que lationoamérica empieza en Dean Funes y la afirmación posee sustento, ya que la ciudad del noroeste cordobés es puente directo con varias provincias: Santiago del Estero, La Rioja, Catamarca; donde se entremezclan costumbres y tonadas. Y si hubiera que precisar más aún, del tipo poner el “google map “a ver dónde arrancan los sueños de la Patria Grande: probablemente lo ubiquen en un patio debajo de una parra. Pero no es un patio cualquiera: es la casa de los Pachecos.
El resto lo inmortalizó mejor que nadie Ica Novo: “Por Deán Funes la encontré, entonada por un grillo cantor, a lo lejos la acompañaba, repiqueteando un coche motor. En la casa de los Pachecos, guitarra, bombo, palmas y mandolín, pa’ que sepan como se toca La Chacarera por Ischilín…”

Ubicada en una calle de tierra a pocas cuadras de la ruta, no es necesaria la dirección ya que cualquier vecino –aún con algunas contradicciones- sabrá cómo indicar sobre el Quincho del Gringo. Esa casa es como una escuela de música. Es algo así como High School pero de folklore y sin nada de ficción. Son entre 60 y 70 los integrantes de la familia, sobre todo músicos, que atraviesa a tres generaciones. La misma fue iniciada por el célebre bandoneonista Don Pedro Vergara, cuyas hijas se casaron con los Pacheco. Varios de ellos tocan o son sesionistas de grandes solistas o agrupaciones y también hay banda propia: Los Pacheco, comandada por Claudio y Pedro. Son todas gentes simples, de trato llano y cordial y excelentes anfitriones. Miguel Ángel, conocido como El Gringo, es el que además de poseer un caudal de voz extraordinario e interpretar con gran personalidad el cancionero popular, es quien se cuelga el delantal y hace una de las mejores cazuelas del país: “mollejitas de cabrito al vino blanco”.
El Gringo hace varias décadas tuvo la chance de emigrar y girar con su voz por numerosos escenarios, pero eligió la familia y hacer de su Dean Funes, su lugar en el mundo. Con su esposa compró un terreno, edificó su hogar y de a poco fue ampliado hasta terminar con su mítico quincho, siguiendo la costumbre de sus padres, fue recibiendo a músicos para intercambiar zambas y chacareras, siempre acompañadas con un toque culinario: asado, pucheros, guisos. Y desde las primeras agrupaciones como Los Tucu Tucu, Los Nombradores, Los Carabajal, Los Manseros Santiagueños hasta los más jóvenes como Luciano Pereyra, Soledad o Los Nocheros, todos han pasado por su casa para hacer un alto en el camino. “Vienen, descansan un rato, yo les ofrezco lo que hay y si no han comido nos ponemos a buscar”, dice el Gringo. La carne a la bandeja y el pollo al disco también son parte del menú habitual, pero el Gringo hizo celebres a las mollejitas de cabrito que en la zona es un producto prácticamente con denominación de origen.

“Primero en un disco con aceite bien caliente con leña, cocinás algunos dientes de ajo hasta que se doren bien, ahí se le agregan las mollejitas –también se pueden sumar chinchulines-de cabrito y hacer un precocido. Luego incorporamos pimiento rojo, cebolla, tomates y verduras. Condimentar a gusto con pimentó, ají molido y las especies que guste. Y luego hervir con vino blanco. Después dejar que se evapore alcohol y cuando sacamos una mollejita y se corta con una cuchara, ahí ya está, dejás 10 minutos y a servir”, dice el Gringo.
Es habitual también que aloje a músicos y les dé de comer a músicos que giran por las peñas en las épocas de Festivales, con pocos mangos en los bolsillos, y ahí está siempre él con su familia para dar techo y un plato caliente. Porque el Gringo hace de la simpleza, un valor que lo distingue.






