Dirección: Vilcapugio 978, X5105 Villa Allende, Córdoba
En tiempos donde muchos restaurantes apuestan por las tendencias y los platos de autor, todavía existen lugares que encuentran su mayor virtud en la cocina de siempre. Don Froilán, ubicado dentro del predio La Querencia, en Saldán, es uno de esos bodegones que invitan a volver a los sabores tradicionales, las porciones generosas y las sobremesas sin apuro.
Hay comidas que alimentan y otras que, además, despiertan recuerdos. Basta que llegue una fuente de ravioles humeantes a la mesa, que el aroma de la carne a las brasas se mezcle con el de las papas recién hechas o que aparezca un budín de pan casero para que, casi sin darnos cuenta, empecemos a viajar. No importa la edad ni el lugar: todos tenemos guardado algún domingo que vuelve a la memoria a través de un plato.
Quizás por eso los restaurantes de campo conservan un encanto especial. No sólo ofrecen buena comida. También invitan a bajar el ritmo, a sentarse sin mirar el reloj y a recuperar esa costumbre, cada vez más escasa, de hacer de la mesa el centro del encuentro.
Dentro del predio La Querencia, en Villa Allende, Don Froilán entiende muy bien esa tradición. Rodeado de naturaleza y con el aire tranquilo que sólo tienen los lugares alejados del ruido de la ciudad, propone una cocina que no necesita artificios para conquistar. Su fortaleza está en otro lado: en preparar con honestidad esos platos que forman parte de la memoria afectiva de varias generaciones.

La carta deja en claro esa filosofía desde el primer vistazo. No busca sorprender con nombres extravagantes ni con versiones rebuscadas de recetas clásicas. En cambio, apuesta por una cocina de fuego y de hogar. La parrilla ocupa un lugar importante, con opciones que van desde un generoso bife de chorizo hasta una parrillada individual, además de pollo, supremas y milanesas, siempre acompañadas por papas. Son platos que cualquiera reconoce, pero que encuentran su valor cuando están bien ejecutados.
Las pastas también tienen un protagonismo especial. Tallarines, ravioles, sorrentinos y lasaña conviven con las clásicas salsas filetto, bolognesa o mixta, mientras que las versiones con peceto suman una alternativa contundente para quienes buscan sabores más intensos. Es el tipo de carta que uno espera encontrar cuando sale a almorzar en familia un fin de semana: amplia, abundante y pensada para que cada comensal encuentre su favorito.
Familias compartiendo largas sobremesas, chicos jugando entre los espacios verdes de La Querencia y mesas donde el apuro parecía haber quedado estacionado afuera.
Durante nuestra visita elegimos los ravioles caseros. De masa delicada y buen relleno, llegaron con una salsa preparada sin apuro, de esas que todavía respetan los tiempos de la cocina y no los de la ansiedad. No había necesidad de inventar nada. El plato funcionaba justamente porque recordaba que las recetas más simples suelen ser las más difíciles de hacer bien.
El cierre tampoco defraudó. El budín de pan casero, uno de esos postres que parecen resistirse a desaparecer de las cartas tradicionales, terminó de darle sentido a la experiencia. Hay algo profundamente reconfortante en esos sabores que sobreviven al paso del tiempo sin necesidad de modernizarse.
Mientras el almuerzo avanzaba, era imposible no mirar alrededor. Familias compartiendo largas sobremesas, chicos jugando entre los espacios verdes de La Querencia y mesas donde el apuro parecía haber quedado estacionado afuera. Don Froilán no es un restaurante pensado para comer rápido. Es un lugar para quedarse.
En tiempos donde muchas propuestas gastronómicas parecen competir por llamar la atención con presentaciones espectaculares o recetas cada vez más complejas, Don Froilán apuesta por un camino diferente. Confía en la fuerza de una buena materia prima, en el fuego, en las pastas hechas con dedicación y en los postres que todavía saben a cocina de casa.
Al final, uno descubre que la verdadera experiencia no está solamente en lo que llega al plato. Está en esa sensación, cada vez más difícil de encontrar, de que durante un par de horas el tiempo vuelve a moverse con la calma de aquellos domingos interminables que parecían no tener final. Y, a veces, eso vale tanto como la mejor receta.