PlaceresEncubiertos

CASA DE CAMPO

Dirección: Cam. Altos de San Pedro 5176, Villa Giardino, Córdoba/Teléfono: 03548 59-9547

En Villa Giardino, una antigua estancia de 1890 encuentra una nueva forma de contar su historia: a través de una cocina que cruza recetas caseras, productos reconocibles y una mirada contemporánea sobre el plato. Casa de Campo invita a sentarse a comer entre árboles centenarios, muros con memoria y el paisaje serrano como parte de la experiencia.

En Estancia Alto San Pedro, en Villa Giardino, el camino de entrada ya empieza a cambiar el ritmo. Los alcornoques portugueses acompañan el recorrido y el paisaje se abre entre árboles, silencio y montaña. No hace falta demasiado para entender que acá la velocidad tiene poco sentido.

La historia viene de mucho antes. El casco original de la estancia data de 1890 y forma parte de una propiedad que llegó a extenderse por más de 1.100 hectáreas. El lugar atravesó distintas etapas y fue también protagonista de la historia de Villa Giardino: en 1937, los hermanos Juan y Ugolino Giardino adquirieron la estancia y, dos años después, realizaron allí el remate de lotes que se considera la fundación oficial del pueblo. Más de un siglo después, algunas cosas cambiaron. Otras, curiosamente, permanecen.

Pocos periodistas han descubierto el lugar, recuerdo que en 2001, cuando Página/12 recorría Villa Giardino, describía Alto San Pedro como un destino en sí mismo y destacaba su huerta orgánica, los vegetales utilizados en la cocina y una repostería casera que llegaba a la hora del té. También hablaba de los antiguos muebles, espejos, armarios y parte de la vajilla que todavía conservaba la estancia. Hoy, frente a ese mismo paisaje, funciona Casa de Campo.

El restaurante ocupa un lugar particular dentro de la estancia. No es necesario alojarse para acercarse a comer: Casa de Campo recibe también a quienes llegan a Villa Giardino simplemente buscando una mesa donde almorzar, merendar o prolongar una salida por las sierras. La propuesta gastronómica está comandada por Magdalena Moyano y trabaja sobre una idea que atraviesa buena parte de la carta: tomar productos y preparaciones reconocibles y llevarlos hacia otro lugar sin que pierdan completamente su identidad.

Eso aparece, por ejemplo, en un matambre de cerdo acompañado por merengue de pickles y picante de ananá. O en un pulpo con batata, salsa rouille y un aire picante. También en unos ravioles de batata y almendras o en los ravioles de cordero fritos con salsa de pimientos. La carta tiene, además, algo que resulta interesante porque evita encerrarse en una única definición de restaurante. Hay platos de una cocina más elaborada junto a propuestas reconocibles para quienes buscan algo más informal.

Entre los principales aparecen un Matambre “Casa de Campo”, con crema de ají, crema de coliflor, zanahorias caramelizadas y papas; un Chivito “Casa de Campo”, con yogurt, quinua y chimichurri; un pastel de cordero con brócoli, provolone y puré de batata; salmón teriyaki con salsa teriyaki, pimientos, brócoli y arroz; y un lomo de la casa con salsa de frutillas, ensalada de rúcula, cherries y batatas. Puede que ahí esté una de las claves de Casa de Campo: la historia está en la arquitectura, pero la cocina no intenta quedar atrapada en ella.

La misma mesa puede pasar de un pulpo con batata a un lomito “Casa de Campo” con tomate, queso, alioli y papas fritas. También hay hamburguesas —una Americana con cheddar, huevo y panceta y una vegetariana de lentejas y champiñones—, sándwiches, milanesas y ensaladas. Incluso aparece un lomito “Chipá”, que suma una vuelta cordobesa a una de esas comidas que forman parte del repertorio cotidiano argentino.

Casa de Campo puede ser el lugar elegido para sentarse con tiempo y recorrer una carta de varios pasos, pero también puede funcionar para una comida más relajada durante una escapada. Hay una César, una ensalada de la casa con hojas verdes, tomates asados, calabacín, batatas fritas, queso asado, frutos secos y garbanzo al horno, y una ensalada de estación con rúcula, duraznos, queso parmesano, praliné de almendras y yecto balsámico. Incluso dentro de una estancia histórica, la mesa no está obligada a comportarse como museo.

La parte dulce recupera, de algún modo, aquella vieja tradición de la repostería casera que ya aparecía mencionada en la crónica de Página/12 de comienzos de los 2000. La carta actual reúne pan casero con dulce de leche, degustación de dulces en almíbar, bananas asadas con bizcocho de arrope y helado de yogurt y milhojas de manzana con migas de canela. Y después llega la pastelería: medialunas, budín de limón, malfada, muffin de yogurt y arándanos, hojaldre con dulce de leche y cookies de chocolate y avellana.

La sección de tortas suma key lime pie, cheesecake de frutos rojos, crumble de manzana, carrot cake, Torta Matilda, Red Velvet y Concorde. Es difícil no pensar que algo de aquel antiguo ritual del té sobrevivió, aunque ahora la mesa tenga otros códigos. Hay algo particularmente atractivo en que Casa de Campo funcione dentro de Alto San Pedro. La experiencia no termina en lo que llega al plato.

La propia Municipalidad de Villa Giardino describe el predio como un espacio de bosques de alcornoques, robles, nogales, castaños y almendros, atravesado por arroyos y pequeñas cascadas. La Casa de Campo original, además, conserva la arquitectura colonial y neocolonial de fines del siglo XIX. Por eso una visita puede empezar mucho antes del almuerzo y terminar bastante después del café.

Se puede llegar para comer y quedarse mirando los árboles. Caminar un poco. Recorrer los alrededores. Sentarse en una galería. Volver a la mesa. Justamente esa combinación la que hace que Casa de Campo tenga sentido dentro de Placeres Encubiertos: no se trata solamente de encontrar un restaurante interesante en Villa Giardino, sino de descubrir qué ocurre cuando una cocina contemporánea se instala en un lugar que ya tiene su propia memoria gastronómica.

Hace más de un siglo, Alto San Pedro era una estancia al pie de las sierras. En algún momento se convirtió también en hotel. Villa Giardino creció alrededor de esa historia. Y hoy, entre aquellos árboles y esas paredes, una nueva generación vuelve a poner platos sobre la mesa. La historia no se sirve como una pieza de museo. Se come.

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