Dirección: Caraffa 219, La Cumbre/Teléfono: 03548 45-2852
En La Cumbre hay esquinas que no son solo esquinas. Son memoria. Son pausa. Son ritual. La de Rivadavia y Caraffa es una de ellas. Desde 1994, esa ochava empezó a latir distinto. La antigua residencia del pintor catamarqueño Emilio A. Caraffa dejó de ser únicamente casa para convertirse en refugio gastronómico. Así nació “Caraffa”, un restaurante que supo construir prestigio a fuego lento: parrilla, mesas largas, risas compartidas y una identidad bien marcada.
Había algo en ese lugar —los helechos gigantes colgando de las arcadas, los juegos de ingenio que iban de mesa en mesa— que lo volvía más que un restaurante. Era un pequeño mundo propio. Un clásico cumbrense. Pero como toda buena historia, esa también tuvo su giro. Una casa que se reinventa sin perder el alma
En enero de 2013, la familia Medina tomó esa herencia y decidió no empezar de cero, sino escuchar lo que la casa tenía para decir. La restauraron, la expandieron, la resignificaron. Así nació Casa Caraffa. Se sumó un nuevo salón, se pensaron espacios para que los chicos jueguen y los adultos respiren, se puso en valor la fachada original —esa que todavía cuenta historias sin decir una palabra— y se rediseñó la terraza para reconciliar al comensal con el aire de sierra. En La Cumbre, el paisaje también es parte del menú.


En Casa Caraffa, la experiencia empieza antes del plato principal. Empieza en esa decisión siempre difícil —y gozosa— de elegir por dónde entrar. Las empanadas criollas, fritas, jugosas, con ese perfume que activa la memoria, conviven con una versión más contemporánea: el vacío al Malbec, desmenuzado y al horno, donde la carne se vuelve casi relato. La provoleta, en cambio, juega a otra cosa: se deja atravesar por chutney de manzanas verdes y tomates caramelizados, un cruce entre lo clásico y lo inesperado.
La carta también se permite salir de la zona de confort. Hay un goulash con spätzle que trae Europa a la mesa, una bondiola caramelizada que combina dulzor y profundidad, o un costillar braseado durante 12 horas que habla de paciencia y técnica.
Hay también un gesto más audaz: el solomillo curado “Salamolla”, finamente laminado, especiado, servido sobre pan. O los langostinos y berberechos al ajillo, que traen el mar a la sierra sin pedir permiso. “Nos gusta que el primer bocado ya diga algo del lugar”, cuenta Martín Medina, parte de la familia. “Que no sea solo entrada: que sea una puerta”.


Las ensaladas no son un trámite: son una declaración. Hay combinaciones que sorprenden sin perder equilibrio, como el camembert gratinado con frutas, remolachas y miel, o el cous-cous con melón, jamón glaseado y semillas tostadas. La Capresse Polpetta se afirma en lo conocido —mozzarella, tomates, albahaca— pero suma capas, texturas, matices. Nada queda librado al azar.
Hay también un gesto más audaz: el solomillo curado “Salamolla”, finamente laminado, especiado, servido sobre pan. O los langostinos y berberechos al ajillo, que traen el mar a la sierra sin pedir permiso.
“Antes la gente pedía ensalada para acompañar”, dice una moza con años de salón. “Ahora muchas veces es la protagonista”. La cocina se detiene —y se luce— en las pastas caseras. Hay algo en ese ritual que no cambia: la masa, el relleno, el tiempo. Los ravioles de pera y queso azul logran ese equilibrio difícil entre dulzor y carácter. Los de calabaza al rescoldo abrazan lo rústico. Y los raviolones de osobuco, con su cocción lenta, parecen hechos para días largos y conversaciones sin reloj.


Después están los sorrentinos de trucha, que dialogan con el paisaje serrano desde otro lugar, más delicado, más sutil. Las salsas terminan de construir el plato: desde una simple crema hasta un ragout de ternera o una crema de hongos de pino que baja el bosque al plato.
Si hay algo que sostiene la identidad de Casa Caraffa, es la parrilla. No como gesto turístico, sino como raíz. Como lenguaje. Desde unos chinchulines crocantes con chimichurri serrano hasta una entrañita de ternera en su punto justo, pasando por el cabrito o el clásico mix para dos, la parrilla aparece como ese territorio donde todo se entiende sin explicaciones. “Hay gente que viene hace veinte años y pide lo mismo”, cuenta Martín. “Y eso, lejos de ser un problema, es un orgullo”.


La carta también se permite salir de la zona de confort. Hay un goulash con spätzle que trae Europa a la mesa, una bondiola caramelizada que combina dulzor y profundidad, o un costillar braseado durante 12 horas que habla de paciencia y técnica. La trucha patagónica, con manteca de nueces, y la pesca blanca con salsa de camarones suman otra capa: la de una cocina que no se encierra en un solo registro.
Las salsas terminan de construir el plato: desde una simple crema hasta un ragout de ternera o una crema de hongos de pino que baja el bosque al plato.
“Queremos que el que viene encuentre algo conocido… y algo nuevo”, explican desde la cocina. Los postres siguen la misma lógica: clásicos bien hechos, con detalles que elevan. El flan de tres leches convive con una pavlova frutal, una crème brûlée perfectamente quebrada o una panacotta de maracuyá fresca y luminosa. El cheesecake de limón, lima y arándanos aporta ese cierre ácido que limpia y deja ganas de volver. “Si alguien comparte el postre, algo hicimos mal”, dice entre risas una de las camareras.


“Venimos desde chicos. Ahora traemos a nuestros hijos. Hay algo que no cambia, y eso se agradece.” dice un cliente habitual. “La idea nunca fue hacer un restaurante de moda. Queríamos un lugar al que den ganas de volver.”, asegura la Familia Medina los anfitriones y agregan: “Acá la gente no se apura. Y eso, hoy, es casi un lujo.”
Casa Caraffa es una esquina donde el tiempo baja un cambio sin pedir permiso. Donde las recetas conviven con los recuerdos, y cada plato —por más nuevo que sea— parece traer algo de antes. Quizás por eso la gente vuelve. No por lo que falta, sino por lo que encuentra. Una mesa esperando. Una historia que sigue. Y esa sensación —cada vez más rara— de estar, simplemente, en el lugar correcto.


