VINOS EN DOS RUEDAS

Esta propuesta a los amantes de la cultura del vino les encantará, pero les aviso de entrada que la misma excluye el consumo de esta bebida, sé que es complicado ir a conocer y no degustar de este elixir, pero en cambio es un recorrido original, porque se hace en bicicleta y se puede realizar en familia y con amigos. Además, luego podés volver a la bodega que más te atrajo y ahí si degustar como se debe.

Colonia Caroya posee una gran oferta de bodegas, ya que además de las comerciales hay emprendimientos familiares que son grandes anfitriones y se desviven por contar sus experiencias. Una buena opción es realizar el recorrido por cuatro bodegas en bicicleta, una actividad gratuita impulsada por la Municipalidad, la dificultad es mínima, en general por camino de tierra y a lo largo de 5 kilómetros se obtiene un buen pantallazo del mundo del vino. Se hacen dos salidas diarias, recomiendo la de la mañana ya que hay más energías para el pedaleo. La duración es de aproximadamente tres horas. La primera parada es en Rosel, una bodega donde continúan realizando vino con dos rolos, una moledora y los toneles que construyeron los antepasados. Realizan la visita también por su granja con variedad de animales y cuentan con un pequeño museo donde la dueña de casa explica el uso de cada herramienta.

A pocas cuadras, aunque la distancia en Caroya se mida por lotes, se erige Chacra de Luna, bodega agroecológica donde el guía explicará numerosas bondades de los alimentos cosechados en las huertas propias. Posee restaurante, tienda de productos elaborados, viñedo histórico –vides de la cepa Frambua de más de 140 años que fueron traídas desde Italia- granja educativa y gran variedad de frutales.

Colonia Caroya posee una gran oferta de bodegas, ya que además de las comerciales hay emprendimientos familiares que son grandes anfitriones y se desviven por contar sus experiencias.

La aventura continúa tras un par de kilómetros de pedaleo y se arriba a Terra Camiare, la más moderna y lujoza bodega de la ciudad. Tras una pequeña y necesaria hidratación se recorre la bodega con guías muy preparadas para explicar cada detalle de la industria vitivinícola. Cuenta con un área productiva de finca y bodega, en conjunto con un museo interactivo: restaurante, wine bar, paseo de productos regionales, hotel boutique y un salón de convenciones entre sus viñedos. La opción de pernoctar aquí es una tentación pero hay que reservar con suma antelación.

El paseo concluye en La Caroyense, la emblemática bodega, nacida como cooperativa en 1930 que impacta por su edificio que se asemeja a una catedral. La visita es gratuita y muy atrapante en todos los sentidos. El jugo de uvas que se degusta es una verdadera delicia.

Hay más bodegas para visitar, decenas de hectáreas de viñedos plantados en la zona. Se dividen en dos, la primera quedó como legado de la generación de inmigrantes que fundaron la Colonia, todos provenientes de la región de Friuli-Venecia cuya cepa mayormente es la citada Frambua con la que se hace el vino Patero. Y la otra son establecimientos que se sumaron a la re-conversión vitivinícola en el comienzo de este siglo incorporando Malbec, Cabernet, Merlot Ancellota, Suavignon, Chardonnay y Tanat. Les recomiendo darse el tiempo para conocer al bodeguero Miguel Patat que con gusto los llevará a recorrer las vides en tractor y en acoplado.

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