VIENTOS DEL ALMA

En Villa El Diquecito, una casa de té y restaurante combina cocina casera, infusiones, naturaleza y encuentros. Detrás del emprendimiento están Diego Assumpcao y Lali Borgogno, una pareja que convirtió las reuniones entre amigos en un proyecto familiar donde la gastronomía es, ante todo, una forma de recibir.

Dirección: X5151 La Calera, Córdoba/ Teléfono: 0351 620-9023

Hay casas que empiezan a ser importantes mucho antes de que alguien las convierta en un negocio. Primero llegan los amigos, después las reuniones que se prolongan, las mesas que se agrandan y las recetas que pasan de una cocina a otra. Y, casi sin darse cuenta, lo que empezó como una costumbre compartida encuentra una forma de crecer.

En Villa El Diquecito, en el paisaje serrano de La Calera, esa historia tiene nombre propio: Vientos del Alma. Un espacio familiar que reúne restaurante, casa de té, naturaleza y propuestas culturales, con una cocina que encuentra buena parte de su identidad en los platos caseros, los productos de estación y el gusto por recibir.

El emprendimiento nació de una sucesión de encuentros. Antes de convertirse en restaurante, el lugar funcionaba como un quincho donde se organizaban celebraciones patrias, cumpleaños, casamientos y peñas entre amigos. La gastronomía fue creciendo a partir de esas reuniones, impulsada por el entusiasmo de sus dueños, Diego Assumpcao y Lali Borgogno.

«Ninguno de los dos somos chef, sí somos apasionados y autodidactas, pero también nos preparamos», contaban en una entrevista publicada en los primeros años del proyecto. Lali se inclinaba por lo dulce y Diego por lo salado. En el camino, compartieron ideas y recetas con cocineros y chefs amigos, que también fueron parte de ese aprendizaje.

La historia tiene algo de esos emprendimientos que no nacen de un plan de negocios perfectamente trazado, sino de una pasión que encuentra su lugar. Primero estuvo el deseo de reunirse; después apareció la posibilidad de abrir esa experiencia a otras personas.

El entorno forma parte de la propuesta. Villa El Diquecito invita a alejarse por un rato del movimiento urbano, y Vientos del Alma propone aprovechar esa distancia para recuperar otro ritmo: el de una comida sin apuro, una charla que se extiende después del postre o una merienda que convierte la tarde en el principal acontecimiento del día.

La impronta del lugar también tiene que ver con el arte y el diseño. Diego y Lali estudiaron arquitectura en Córdoba, y esa sensibilidad aparece en los distintos rincones de la casa. A su alrededor hay amigos artistas y una familia que participa activamente del proyecto. Sus hijas, Mora y Lena, también colaboran con la cocina, la atención y la comunicación en redes sociales.

La idea de que el espacio conserve algo de una casa propia no es solamente una cuestión estética. En una entrevista, Diego resumía esa intención con una frase: «Mientras estás aquí, Vientos, también es tu casa». La propuesta busca sostener esa cercanía en una escala que permita prestar atención a los detalles. No se trata únicamente de sentarse a comer, sino de encontrar un lugar donde quedarse un rato más, conversar con quienes cocinan y disfrutar del paisaje que rodea la mesa.

En Vientos del Alma, el menú no permanece fijo durante meses. La propuesta cambia semana a semana y cada jueves se publica el menú previsto para el domingo. Esa dinámica permite que la cocina se mueva con los ingredientes disponibles, las estaciones y las ideas que van apareciendo en el camino.

Los almuerzos se organizan como una experiencia por pasos, desde un aperitivo de bienvenida hasta el postre. Uno de los menús compartidos por sus responsables comienza con hummus de berenjenas asadas, aceitunas especiadas y escabeche de nabo y zanahorias. Después llegan unas canastitas de zapallo y queso, antes de elegir el plato principal.

Entre las opciones de aquel menú aparecen los canelones de cabrito, ricota y acelga, o los vegetales salteados acompañados con salsa de tomates asados. Dos alternativas que muestran distintos caminos dentro de una misma propuesta: por un lado, una preparación de inspiración casera que combina carne y vegetales; por otro, un plato donde los productos de la tierra tienen el protagonismo.

La carta también puede incluir pastas, carnes braseadas y carnes asadas cuando el clima acompaña. No hay que tomar estas opciones como una lista permanente: justamente, parte de la identidad del lugar está en la renovación semanal. La merienda tiene un recorrido propio. Incluye tres piezas de mini pastelería, dos tapeos, un sándwich de focaccia, una infusión y agua cítrica. La selección cambia cada fin de semana, de modo que también las tardes ofrecen una pequeña sorpresa para quienes vuelven.

Lali, que prepara sus propios blends de té, fue una de las impulsoras de esta propuesta. Las tardes otoñales y el gusto por las infusiones la llevaron a imaginar una merienda que se apartara de la combinación más habitual de bebida caliente y algo dulce. La idea era construir un recorrido de sabores y texturas: empezar por lo dulce, pasar por las notas agridulces y terminar con un tapeo salado y caliente.

La infusión acompaña, pero no es un detalle secundario. Forma parte de una experiencia pensada para sentarse, conversar y dejar que el tiempo transcurra sin demasiadas urgencias. Los valores informados en octubre de 2026 son de $30.000 por persona para el almuerzo y $20.000 por persona para la merienda. Como la propuesta cambia semanalmente, conviene consultar el menú vigente antes de reservar. También es importante comunicar con anticipación cualquier restricción alimentaria para que el equipo pueda evaluar las alternativas disponibles.

La gastronomía tiene una forma particular de acercarnos a la identidad de un lugar. A veces alcanza con recuperar una receta familiar; otras veces, la cocina permite reconstruir la memoria de un oficio, un paisaje o una comunidad. En octubre de 2026, Vientos del Alma fue sede de una experiencia del Tour de Cocinas Utuco dedicada a la memoria de los picapedreros de La Calera. La propuesta, titulada La Mesa del Picapedrero, reunió preparaciones inspiradas en la alimentación de los trabajadores y en las cocineras que sostenían la vida cotidiana de sus familias.

El menú especial incluyó tortas asadas y fritas, escabeche de gallina, salpicón de osobuco, empanadas de cabrito con harina de algarroba, guiso croata, locro y dulces elaborados con frutos del monte, además de infusiones y licores caseros.

No se trató de la carta habitual del restaurante, sino de una experiencia temática que puso en primer plano la relación entre comida, memoria y territorio. Sin embargo, la elección del lugar para llevar adelante ese encuentro resulta significativa: la cocina puede convertirse en una herramienta para contar historias que no siempre encuentran espacio en los relatos turísticos más convencionales.

En La Calera, donde la piedra forma parte de la historia productiva y cultural, recordar a quienes trabajaron en las canteras también es una manera de mirar el paisaje desde otro lugar. La mesa, en ese caso, no solamente reúne platos: recupera voces, costumbres y formas de vida.

El interés por los encuentros no termina en la cocina. Durante 2026, Vientos del Alma sumó una propuesta que conecta dos placeres que suelen llevarse bien: la lectura y el té. El club de lectura Un libro, una tarde, impulsado por Lali Borgogno y Belén Citrino, nació con la intención de generar un espacio para leer, conversar y compartir tiempo alrededor de una infusión. Entre los títulos elegidos estuvo Las gratitudes, de Delphine de Vigan. La iniciativa prolonga, de otra manera, aquella historia inicial de reuniones entre amigos. Cambia el motivo de la convocatoria, pero se mantiene la idea de reunir personas alrededor de una mesa.

Una merienda puede ser la excusa para encontrarse con un libro, así como un almuerzo puede abrir una conversación sobre la historia de un pueblo. En ambos casos, la gastronomía funciona como punto de partida para algo que sucede más allá del plato. Vientos del Alma creció a partir de reuniones entre amigos y encontró en la cocina una forma de abrir sus puertas a otras personas. Con el tiempo, el proyecto incorporó almuerzos, meriendas, encuentros culturales y experiencias gastronómicas que dialogan con la identidad serrana.

El menú cambia, las estaciones modifican los ingredientes y cada fin de semana trae una nueva combinación de sabores. Puede ser una comida por pasos con canelones de cabrito, una tarde de té con pastelería y focaccia o una experiencia dedicada a recuperar la memoria de los trabajadores de La Calera. Quizá ahí esté una de las claves del lugar: entender que comer no siempre consiste en llegar, pedir y marcharse. También puede ser una oportunidad para conversar, compartir una historia y descubrir algo del territorio que nos rodea.

En Villa El Diquecito, Vientos del Alma construye su identidad alrededor de esa mesa abierta. El viento recuerda que estamos en las sierras; el alma, en cambio, remite a aquello que no aparece en una carta ni se mide por la cantidad de pasos de un menú: la voluntad de recibir, cocinar y compartir.

Otras notas: