NIDO GAUCHO Y LAS GANAS DE VOLAR

Dirección: Av. Los Inmigrantes, Colanchanga. Teléfono: 03543 60-1922

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En las grandes ciudades corremos todo el tiempo, desde que nacemos y, en general, sin saber por qué, vamos apurados como si todos tuviéramos en las hornallas la leche a punto de hervir. Nos trasladamos de aquí para allá a miles de reuniones y trámites a lo loco. Y cuando llegamos a la casa, tomamos algo al vuelo, nos vestimos y ahí salimos, de nuevo, a correr pero en este caso de forma literal. Desde que se puso de moda el running numerosas conductas cambiaron, son bienvenidas las conductas saludables siempre que no se caigan en el extremo. En mi época los pibes soñábamos con ser futbolistas o boxeadores, quizás por la incidencia de revistas como Radiolandia o El Gráfico, pero jamás se nos ocurriría salir a correr, ni siquiera en las prácticas de fútbol ya que más de un par de vueltas a la cancha no dábamos, calentábamos un poquito y enseguida se trataba de jugar a la pelota. Lo cierto es que si hoy uno ya se acostumbra a este tipo de nuevas rutinas deportivas quizás tenga un premio. Y todos esos hidratos que quemó tras dejar atrás kilómetros y kilómetros se los puede recuperar en un santiamén, encima siendo feliz.

Nido Gaucho se encuentra al lado del camino, pero no de cualquier camino. No es que vas por una ruta turística y pumba, a tu derecha o izquierda encontrás el oasis y parás. Acá tenés que hacerte un desvío, bajar a segunda o tercera, no calentarte si vuela algo de tierra y si algunas piedras te hacen bajar la velocidad y bancarte unos pocos minutos para un disfrute culinario. O la otra, ir corriendo.

La empanada de masa casera, carbonada a fuego lento y fritura exacta ya valen la pena el viaje hacia el lugar. Y si después te llevás para el mate los pasteles grandes, hojaldrados, sin mezquinar dulce y con la contundencia perfecta que debe tener un pastel, habrás salvado el día. 

La zona de Colanchanga, cercana al dique de Río Ceballos, es un paraíso para los amantes de las caminatas, mountain bike y, dicho está, el running. Ya que posee múltiples cascadas y de todo tipo, algunas asumen mayor dificultad y hay que estar habituado al ajetreo -y al trote- pero el atractivo visual es maravilloso. Los amantes de la naturaleza están de parabienes y los amantes de morfar rico y abundante, también. Es innegable que las mejores empanadas y pastelitos de toda la zona se consiguen en Nido Gaucho, un kiosko, un comedor y, sobre todo, una parada obligada para darle las gracias a la naturaleza por sus sabores.

Si bien el nombre se lo pusieron los antiguos propietarios por la letra de un tango de Carlos Di Sarli, fueron premonitorios con el destino del lugar: “Florecerán mis ilusiones y se unirán los corazones…” Hay pendiente debido al enclave en medio de las sierras chicas y pocos metros cuadros pero lo reducido cuando viene con manjares se convierte en acogedor. Como un nido. “Haciendo las cosas bien se vive, no es que está para tirar manteca al techo porque creo que nadie puede decir eso y hay épocas buenas y malas, como en todo trabajo”, dice Víctor, uno de los anfitriones. A su lado, su compañera desde hace una bocha de años: Gladis, que porta una de las sonrisas más encantadoras de toda la montaña. Y su carcajada contagiosa y una parva de anécdotas que, desde hace un tiempito, las comparte -cada tanto- en formato tipo stand up.

La empanada de masa casera, carbonada a fuego lento y fritura exacta ya valen la pena el viaje hacia el lugar. Y si después te llevás para el mate los pasteles grandes, hojaldrados, sin mezquinar dulce y con la contundencia perfecta que debe tener un pastel, habrás salvado el día. 

Es innegable que las mejores empanadas y pastelitos de toda la zona se consiguen en Nido Gaucho, un kiosko, un comedor y, sobre todo, una parada obligada para darle las gracias a la naturaleza por sus sabores.

“No tenés que bajar los brazos, hemos pasado por inundaciones, por nevadas, por la piedra, sequía, fuegos, pero es la vida que te toca vivir hoy, es el presente, tenés que seguir, no podés no seguir. No podemos aflojar o esperar y echarle la culpa a otro porque nos va mal, tenemos que ponerle mucha fuerza de voluntad y muchas ganas. Y no todos los días tenemos ganas ni el cuerpo está igual, pero hay que agradecer el lugar donde uno está”, dice Gladis que le pone su buena vibra a la Pandemia.

Fideos o ravioles caseros, suprema a la napolitana con guarnición, canelones de ricota y verdura también te acompañan en ese nidito culinario, en la previa a desplegar tus alas. “La gente cada vez está más apurada, por eso tenemos las empanadas para los que se quieren ir rápido, pero están todos apurados viste, la espera de cualquier comida como mínimo son 15 minutos, pero la gente está muy acelerada y viviendo muy rápido el tema”, sonríe Víctor. Sabe de ese tema, es que ellos se vinieron hace más de 20 años dejando atrás el ruido y ese acelere constante. Con un hijo pequeño y una mano atrás y otra adelante. Como en una expedición del tesoro, una Indiana Jones de bajo presupuesto.

Así y todo, lograron descubrir el secreto.

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