LAS EMPANADAS DE ESTELLA Y ENRIQUE

Dirección: 11 de septiembre y las vías (Córdoba Capital)

Hay historias que empiezan con una receta y otras que empiezan, casi a regañadientes, con una herencia. La de Stella y Enrique pertenece a las dos. A Stella no le gusta cocinar. Nunca fue su pasión. Pero su madre le dejó algo más difícil de ignorar que un libro de recetas: un saber hecho de manos, memoria y años de cocina. Enrique, entre tanto, durante la semana es taxista. Conoce las calles, los horarios y el movimiento de la ciudad.

Desde la pandemia, salieron a ofrecer su corazón en forma de empanada y de acá para allá, un día plantaron bandera y conquistaron paladares en esta esquina estratégica. El legado encontró una manera inesperada de seguir bajo una lona azul improvisada que aparece como un oasis en medio de tanto tránsito. 

Este pequeño puesto sin nombre que los fines de semana (y feriados) se instala en la intersección de 11 de Septiembre y las vías del tren, en una de las esquinas más transitadas de la zona sur. Allí, entre el movimiento de los autos, el paso de la gente y el ruido del tren, Stella y Enrique levantan su carpa y esperan a los clientes que ya conocen el ritual.

Un disco de arado con grasa de cerdo, el fuego de la leña haciendo brotar la superficie.Criollas saladas y dulces entran y bailan como una coreografía olímpica y salen empapadas para ser degustadas. Las árabes por otro lado, se hacen en la semana en casa y son muy cotizadas por los clientes conocedores.

Stella no necesitó amar la cocina para convertirse en guardiana de una receta. Le alcanzó con recibir un conocimiento, encontrarle un destino y compartirlo.

Todas salen de una cocina que durante la semana se transforma en punto de encuentro: Stella se reúne con otras mujeres para amasar, rellenar y cerrar empanadas. Una tarea colectiva que tiene algo de trabajo y algo de ceremonia. Se conversa, se comparte y, sobre todo, se mantiene viva una tradición que llegó a Stella a través de su madre.

Los que pasan, frenan. Algunos llegan por el aroma; otros, porque ya saben dónde están. Piden media docena, una docena, quizás una para comer ahí mismo al paso, otros se quedan con las ganas prometiendo frenar algún día. Después viene el primer bocado: la masa, el relleno religioso y ese jugo que amenaza con escaparse por los dedos.

Quizás ahí esté la verdadera historia de este chiringuito. En que Stella no necesitó amar la cocina para convertirse en guardiana de una receta. Le alcanzó con recibir un conocimiento, encontrarle un destino y compartirlo. Porque a veces un legado no se elige. Se amasa, se rellena, se cierra con repulgue y se pone a la venta en una esquina. Y en esa esquina, cada fin de semana, vuelve a empezar la historia.

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