LA LOCRERA CRISTINA VEGA

Una de las grandes maravillas que me dio mi profesión fue conocer el norte cordobés. Mejor dicho, la gente del norte cordobés. Las personas que habitan una tierra muchas veces poco fértil o desforestada o quemada por el avance químico de la soja.

Dentro de los placeres culinarios, muchos de ellos “encubiertos”, de la zona del antiguo Camino Real, que si bien se encuentran ahí en la superficie, hay que saber buscar para luego disfrutarlos. Si bien fue poco el tiempo que permanecíamos en cada lugar tras recorrer las antiguas postas, y dada la urgencia del rodaje y el apuro que traíamos, nos encontrábamos a cada rato con personas extraordinarias. Y no exagero con la palabra, no es que esté hablando de que poseían poderes superiores a la especie. Simplemente tenían a flor de piel algo que vamos perdiendo precipitadamente en las grandes ciudades: “la hospitalidad”.

De chico aprendí que uno de las tareas más gratificantes que tenemos los humanos es ser anfitriones. Desde invitar a jugar a un amiguito y convidarle la chocolatada o el té con leche con masitas (o galletitas y criollos) hasta familiares y amigos que te visitan ocasionalmente o son invitados a compartir tu mesa. Platos que se suman a los habituales y sillas que se agregan sin objeciones. Alguien que cocina algo rico ―con amor y esmero― para el disfrute compartido. Con el tiempo, la tarea se asimila y se va haciendo natural. De vez en cuando se suma algún vecino, aparece un “perdido”, un solterón, una vieja amiga, un flaco tristón. Cuando nos hacemos grandes y maduros, y ya vivimos enrejados y con la compañía del televisor, muchos de estos disfrutes van menguando. Escasean como los “buen día” de corazón y los “faltaba más, pase usted primero” sin otras intenciones.

Vamos tan apurados que no podemos esperar. Desde el correo electrónico, el mensaje del “whats app” hasta la cola en un supermercado. “El tiempo es oro” impuso la ley del mercado. Una mañana fría llegamos a Villa del María del Río Seco y una de las notas a grabar era la ilustre campeona del locro de la localidad, la señora Cristina Vega. Pensábamos que la cosa era su testimonio y nada más. Como en tantos momentos en el norte cordobés nos equivocamos. La locrera nos esperaba con una mesa gigante junto a su madre y un locro casi listo para degustar.

“Bienvenidos a su casa” dijo la la locrera cuando entramos y algo en mi interior se movilizó con esa frase. Nos entregaba un pasaporte a su hogar sin siquiera habernos conocido. En su invitación no había aduana ni peajes. Nadie nos analizaba los prejuicios ni nos escaneaban las mentiras. Una simple puerta abierta y el “Bienvenidos a casa” de la anfitriona Cristina Vega. Entonces recordé la gran cantidad de casas que supimos habitar. Hogares que, gracias a Dios, cierta gente los mantiene vigentes para ser visitados.

“Mi vieja fue la que empezó y después me animé yo, porque en lo que es locro y empanadas yo no me animaba. Y después me largué gracias a Dios, unos lo preparan de una forma y otros de otra, yo al maíz lo pongo en remojo y le pongo de todo, menos chorizo colorado. Cuerito de chancho, tripa gorda, mondongo, falda, el locro que preparo tiene de todo”, dice Cristina. Y la verdad de su afirmación fue contundente y no le faltó a la verdad.

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