Dirección: Guillermo Almada 643 (uno de los accesos de Alta Gracia), Córdoba. Teléfono: 03547 61-0678
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El periodista Juan Carlos Gamero realizó una exhaustiva cronología de La cuevita. Resulta que un tal Paul Diógenes Cuevas -que había heredado sus nombres de los santorales que aparecían en los almanaques- alias El Gordo arribó a Alta Gracia en los años sesenta, luego de pertenecer a varios e importantes emprendimientos gastronómicos en Buenos Aires y en Córdoba, tras alejarse su Vera natal, allá en Santa Fe. “En Capital Federal había tenido San Bernardo, una cantina típicamente porteña donde se hacía presente la noche de Buenos Aires y una pléyade interminable de artistas, dada su fama y su proximidad con varios teatros. En Córdoba, fue parte nada menos que de la confitería Sorocabana, entre otros grandes emprendimientos” (…) Paul Cuevas decide junto a su esposa Gladis Aguirre, comprarle el fondo de negocio a José Vigilione, que tenía una pizzería en la esquina de Sarmiento y Vélez Sarsfield. La Cuevita abrió el 2 mayo de 1969”. Según expresó Gladis: “En el inicio, éramos pizzería, porque era lo que tenía Viglione, pero al poco tiempo ya funcionamos como parrilla. El nombre se lo puso Marcelo (uno de sus hijos), que por entonces tenía cuatro o cinco años, y ya quedó. Siempre nos las arreglamos nosotros, y eso que trabajábamos todo el día”. El Gordo falleció en 1978, justo en el año en que por el Mundial hubo varias selecciones que se hospedaban en El Sierras y que después pasaban a comer parrilladas en La Cuevita. Gladis, su hijo mayor, Marcelo con tan sólo 14 años, y sus dos hermanas tomaron las riendas del negocio para que siguiera adelante. Cuando abrieron el primer local era pleno esplendor del barrio El Alto de Alta Gracia, una época donde el Sierras hotel seguía convocando personalidades y la Villa era muy visitada. “En 1988 La Cuevita se mudó unos metros más al centro, a Sarmiento 476, al lado de la Terminal vieja. En 1996 los Cuevas se instalaron en su propio y definitivo local de Almada 643, frente a la Rotonda Fangio”.
“Con mi hermana atendíamos las mesas, éramos como las pioneras en ser mozas porque en esa época eran hombres de camisa blanca y moño o corbata. No se estilaba que las chicas atendieran las mesas, menos en un comedor o en una parrilla. Nosotros impusimos un poco un estilo pero un poco fue por necesidad, teníamos que atender a la gente y luchar los cuatro juntos”, nos contó Clara cuando las visitamos.

El cliente se siente como en su casa, como si entrás a la cocina de tu casa, en un ambiente cómodo, un clima tranquilo y familiar. “Franco que es el mozo te atiende de mil maravillas, mimándote, sugiriendo, siempre con una sonrisa y atento a las expectativas del cliente. Sabe que toda la comida se hace en el momento, no hay nada marcado”, agrega Clara.
Pese a la historia que la acompaña, La Cuevita no es de esos lugares que encontrarás en los circuitos tradicionales por eso es necesaria compartirla y cuidarla, porque que te atiendan y te den de comer como Dios manda debe ser preservado como un valor intangible de la sociedad.
La papas revueltas con huevos y cebolla son la guarnición infaltable de cualquier corte o parrillada, obviamente el bife de chorizo antes mencionado es la vedette del lugar. “Por ahí viene gente y me pregunta cómo lo hacés, tenés algún secreto, pero creo que es la mano del cocinero, nosotros lo hacemos muy simple”, dice Gladis. Su hijo Marcelo, el Parrillero desde la partida de su papá cree que todo es cuestión de genética. “Uno ya lo hace como siempre y de la misma forma, equipo que gana no se toca”, dice en tono futbolero.
En una de las mesas encontramos a un cliente vitalicio de 45 años de fidelidad a la parrilla. “Venir a comer acá es que como ir a comer a la casa de mi vieja. Es lo más parecido a eso, porque acá hacen las recetas de antes, esas que ahora no se utilizan más. La cocinera de un fideo con tirabuzón te hace algo riquísimo que vos decís pero que tiene. El otro día vine y comí unos fideos con brócoli que hacía años que no comía. Son platos que se perdieron, las papas con huevo y cebolla que hacen acá no las hacen en ningún lado. El entrecot con ajo, no es que le ponen arriba sino que lo cocinan así, es una cosa de locos”, juramenta con ademanes.

Pese a la historia que la acompaña, La Cuevita no es de esos lugares que encontrarás en los circuitos tradicionales por eso es necesaria compartirla y cuidarla, porque que te atiendan y te den de comer como Dios manda debe ser preservado como un valor intangible de la sociedad.










