Es de Perogrullo que la clave de cualquier restaurante son las tres B: bueno, bonito y barato. Si con dos de ellas hoy en día ya es suficiente para dejarse tentar con los sabores, los lugares que cumplen con las tres son esos que los adoptáas como una costumbre placentera -si sos del lugar o una fija- para cuando pases cerca de ahí.
El club de Laboulaye hace honor además a un nombre que no hay que mancillar, es sabido que hay muchos emprendimientos gastronómicos que llevan el cartel de un nombre tan significativo, pero no todos cumplen con la raigambre popular del derecho a portarlo. Sin embargo, este club viene llevando desde añares (desde 1995) y con mucha hidalguía esta noble misión de agradar al paladar.

La tradición italiana nos fijó la costumbre de la entrada como precalentamiento a las papilas –ellos incluso tienen cinco dos: el antipasto y el primer plato- pero en el camino fuimos perdiendo ese paso infaltable del menú. Un poco porque los restaurantes pusieron a las entradas con precios similares a los principales y para cuidar el bolsillo se debía optar por ir directo al grano, además la fueron reduciendo en el tamaño del porcionado y nadie quiere pagar por un bocadillo. Por otro lado, la bendita cultura de lo exprés de ir directo a los bifes, pasar a los penales sin ver el partido. Entonces fueron las entradas quedando de lado de la carta y ni que hablar de una de las características que todo sibarita popular amaba: el buffet.
El buffet es a la buena comida lo que la melodía es a la música, no se pueden separar. Claro que si hilamos fino, sabemos que tanto los científicos como los filósofos ponen en duda todo, algunos crecimos aprehendiendo que el átomo es indivisible y ahora resulta que no, ¿Significa que no se pueden romper o que carecen de estructura interna? Dicen los que saben que en física de partículas no solemos hablar directamente de indivisibilidad sino que hablamos de partículas fundamentales o elementales, bueno entonces el buffet debería ser par siempre de cualquier menú. ¿Por qué? Simplemente porque ofrece la libertad de ir a elegir, de optar entra la lengua a la vinagreta o los porotos, entre la rusa y el vitel, entre el arrollado y una Waldorf. Y lo que es mejor aún, si no querés optar que mejor que un poco de todito eso.
Por lo tanto, El Club se lleva también sus pergaminos por su buffet a precios razonables, porque esa es otra, de qué sirve tener opciones para llenar bien cargado el plato en libertad si luego el precio es prohibitivo. Aplaudimos de pie está decisión clave para todo comensal. Y si bien el buffet no es extenso, tampoco celebramos que haya tanta variedad –como las que proponen algunos de otras colectividades- porque en la cantidad de opciones se pierde siempre algo en el camino: o la frescura –que eso ya es grave- o el calor, la técnica o la calidad del resultado final. Así que bienvenidas las opciones justas.
El buffet es a la buena comida lo que la melodía es a la música, no se pueden separar. Claro que si hilamos fino, sabemos que tanto los científicos como los filósofos ponen en duda todo, algunos crecimos aprehendiendo que el átomo es indivisible y ahora resulta que no, ¿Significa que no se pueden romper o que carecen de estructura interna?
Entre los principales –que pueden variar según la época del año- los clásicos de cualquier buen bodegón de comida casera, desde milanesas a la napolitana, pastas, pollo al champiñon o a los frutos secos, carnes con todo tipo de guarnición, pesca de río, hasta postres acordes al comer bien. Y que vayas con la familia y tengas gaseosas grandes y hasta mesas redondas para sentirte como en el patio de la casa siempre se agradece como debe ser: volviendo y recomendando.






