EDELWEISS

Dirección Lago de los Patos, La Cumbrecita, Córdoba/Teléfono: 03546 48-1194

Hay pueblos donde la gastronomía funciona como un mapa emocional. Lugares donde cada receta guarda una historia y donde cocinar no es solamente alimentar: también es conservar una memoria. En La Cumbrecita, ese legado tiene nombre propio: Liesbeth Mehnert. Y hoy, varias décadas después de la llegada de aquellos pioneros alemanes que ayudaron a fundar el pueblo, su nieta Isabel “Beli” Mehnert continúa sosteniendo esa historia desde la cocina de Edelweiss.

La escena parece salida de otro tiempo. Caminos peatonales, casas alpinas escondidas entre pinares y el sonido constante del agua serrana. Pero antes de convertirse en uno de los destinos turísticos más emblemáticos de Córdoba, La Cumbrecita era apenas un territorio agreste de piedra, viento y monte. “Llegaban a lomo de burro después de bajar del tren en Alta Gracia”, cuenta Beli mientras sirve café y acomoda unas empanadas de frambuesa recién horneadas. Las mismas que hicieron famosa a su abuela.

La historia familiar se entrelaza con la del propio pueblo. Liesbeth —nacida Isabella Magdalena Gitter en Alemania en 1910— llegó a la Argentina junto a la familia Cabjolsky, considerada fundadora de La Cumbrecita. Huérfana y criada en la pobreza, había aprendido cocina gracias a un curso que le pagó su empleador en Berlín. Allí descubrió una pasión que terminaría marcando generaciones.

Cuando los primeros inmigrantes comenzaron a instalarse en estas sierras cordobesas durante la década del treinta, todo estaba por hacerse. No había caminos, ni servicios, ni infraestructura. Los pioneros levantaron hoteles, viveros y casas utilizando adobe y materiales de la zona, ayudados por criollos locales. En ese contexto, Liesbeth comenzó a cocinar para huéspedes y viajeros que permanecían semanas enteras en el pueblo. “No tenía herramientas, pero cada persona que venía desde Buenos Aires le traía algo para la cocina”, recuerda Beli.

Con los años, las tortas, strudels y recetas caseras de Liesbeth se volvieron parte inseparable de la identidad gastronómica de La Cumbrecita. Especialmente sus famosas empanadas de frambuesa, nacidas casi como una receta familiar improvisada para su hijo Klaus y convertidas luego en un clásico del pueblo.

Décadas después, Beli tomó ese legado y lo transformó en Edelweiss, un restaurante ubicado sobre la calle principal, a pocos metros del puente central. Allí conviven recetas heredadas, cocina alemana reinterpretada y una mirada contemporánea profundamente conectada con la historia local. “Mi impulso siempre fue mantener vivo el legado de esos aventureros que levantaron este pueblo a fuerza de solidaridad”, explica.

A diferencia de otros espacios turísticos que simplemente recrean una estética alpina, Edelweiss transmite algo mucho más difícil de construir: autenticidad. Las historias familiares aparecen naturalmente entre plato y plato. La memoria de los pioneros sigue presente en las conversaciones, en las fotografías antiguas y en las recetas que sobreviven al paso del tiempo.

En Edelweiss, la cocina funciona como una forma de resistencia cultural. Las recetas no buscan impresionar desde la sofisticación, sino emocionar desde la memoria.

Hay platos que terminan explicando un lugar mejor que cualquier guía turística. En Edelweiss, por ejemplo, las empanadas de frambuesa funcionan casi como un símbolo afectivo de La Cumbrecita. Apenas llegan a la mesa, tibias y espolvoreadas con azúcar, aparece inevitablemente la historia de Liesbeth y de aquellas primeras recetas improvisadas en medio de un pueblo que todavía estaba naciendo.

Pero la carta va mucho más allá de la nostalgia alemana clásica. Beli construyó una cocina que toma la tradición centroeuropea y la mezcla con ingredientes serranos y cierta libertad contemporánea. Hay salchichas artesanales reinterpretadas, platos de montaña, preparaciones caseras hechas en el día y combinaciones que escapan del menú alemán más rígido. “Comida alemana no tradicional”, suele definir ella misma.

Las reseñas recientes de quienes pasan por Edelweiss coinciden en algo: la experiencia no se queda solamente en la comida. Muchos destacan el clima cálido del salón, la atención cercana y esa sensación de estar entrando en una casa familiar más que en un restaurante turístico. También aparecen repetidas las menciones a las tortas caseras, los sabores frescos y las recetas que todavía conservan una fuerte impronta artesanal.

Beli estudió kinesiología en Córdoba y durante un tiempo vivió en Alemania, pero terminó regresando a La Cumbrecita. “Tuve que irme para extrañarla”, admite. Hoy vive allí junto a sus hijas y forma parte de una generación que intenta sostener el espíritu original del pueblo mientras el turismo crece año tras año.

En Edelweiss, la cocina funciona como una forma de resistencia cultural. Las recetas no buscan impresionar desde la sofisticación, sino emocionar desde la memoria. Hay algo profundamente humano en esa decisión de seguir preparando platos heredados, utilizando ingredientes frescos y defendiendo el tiempo lento de la cocina serrana.

Quizás por eso las empanadas de frambuesa tienen algo especial. No se trata solamente del sabor. Son una pequeña cápsula de historia. Un puente invisible entre aquella joven alemana fascinada por las tortas detrás de una vidriera en Berlín y este rincón de montaña donde todavía sobreviven los relatos de los primeros aventureros. Y mientras afuera el pueblo sigue moviéndose al ritmo tranquilo de las sierras, en Edelweiss la memoria continúa servida en cada mesa.

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